30 jun. 2013

Liberación social

Para acabar con la pobreza y con los daños ambientales no necesitamos resolver ningún problema técnico o tecnológico. Menos aun necesitamos una tecnocracia economicista pretendidamente científica. La solución a estos problemas depende sobre todo de opciones políticas. La política decide cómo se redistribuyen los frutos de la producción: qué parte merece el capital en forma de beneficios, qué parte merece el trabajo, cuál la administración del estado y a qué parte tiene derecho cualquiera por la mera condición de ciudadano partícipe de un planeta común. La política también decide qué forma de explotar los recursos es aceptable y qué precauciones tomamos para preservar el entorno del que dependemos. Y desde la política puede acabarse con cualquier alternativa económica minoritaria con sólo aprobar un decreto que la prohíba o que la dificulte lo suficiente.

Si bien el crecimiento económico depende de una multitud de factores a menudo incontrolables, en cambio sí es controlable la determinación de los sacrificios que estamos dispuestos a realizar para buscar ese crecimiento y la manera de distribuirlos. Hoy por hoy la capacidad productiva rebasa con mucho lo necesario para la subsistencia de todos, y sólo la gestión política explica que siga habiendo gente que vive en la miseria o que muere de hambre. Del mismo modo, la política decide nuestro grado de alienación, nuestro grado de explotación como recurso natural y qué parte puede ser tiempo propio, es decir, en qué medida podemos ser libres. Sin tiempo no somos nada. Decir tiempo libre es decir grado de libertad.

¿Y quién controla la política? A diario podemos ver cómo la democracia representativa acaba siendo una perversión de la democracia y transcurre ajena a nosotros, fácilmente manipulable por los caciques de turno y sin darnos la oportunidad de votar en ningún asunto concreto. Pero más allá de esto podemos preguntarnos qué políticas concretas nos conviene apoyar. De no hacerlo podría ocurrir que nos libráramos de los políticos comerciales pero para apoyar directamente las mismas políticas al servicio de quienes dominan los mercados y su propaganda.

La política tradicional nos ha vendido la oposición teórica entre estado y sector privado como las opciones entre las que debemos elegir, (y últimamente sólo distintas maneras de gestionar y promover el neoliberalismo). Sin embargo, ambas opciones han demostrado ser dos formas de perder la libertad a manos de poderes abusivos, (estado y corporaciones; burócratas y oligarcas), o si se prefiere, a manos de lógicas inhumanas: enormes burocracias (estatales o privadas) alejadas de las verdaderas necesidades y de las circunstancias de cada persona, convertida en mero input de una estadística. Ambas opciones nos han puesto al servicio de un productivismo alienante y contaminante.

Es falso que el comunismo dirigido desde el estado suponga vida colectiva, porque no se realiza tal vivencia si no surge de la adhesión voluntaria, si se cercena la iniciativa individual. Una verdadera vida colectiva sólo es tal si surge de la libre adhesión a la misma. La realización personal en esa vida colectiva, (la satisfacción de nuestro ser social), no se puede dar sin una participación efectiva en sus decisiones, o sin la posibilidad de una reflexión ética individual o sin libertad de expresión.

Y es falso que el individualismo economicista de la sociedad de mercado suponga una verdadera individualidad, porque el sujeto no es libre de hacia donde orientar su actividad ni en el trabajo, determinado por la rentabilidad, ni en un tiempo libre del que no dispone ante el chantaje de la exclusión social y la consiguiente obligación de realizar largas jornadas laborales. Por no hablar del despotismo privado al que a menudo da lugar la desprotección de los menos fuertes, (tanto en el ámbito de la empresa como en el doméstico). La reflexión individual libre no es posible sin el amparo de una colectividad que la permita, que proteja la suficiencia económica, el tiempo libre y las posibilidades de información y de expresión de cada individuo.

Somos seres sociales por naturaleza y no podemos subsistir al margen de la sociedad con cuya cooperación obtenemos los recursos para la vida. En consecuencia, el grado de libertad que tengamos -el tiempo libre y la libertad de conciencia- será el que la sociedad haya decidido otorgarnos a cada uno. Sin una cobertura social del tiempo libre y de la subsistencia no hay libertad, no hay reflexión propia y no hay inteligencia colectiva: no hay democracia.

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En la actualidad el amparo social de esa suficiencia individual se condiciona a que la economía siga creciendo. Se considera inflexible la apuesta por el crecimiento económico y se supedita al mismo todo lo demás, con el añadido de que cuando el crecimiento se da, nunca es suficiente: se debe hacer un esfuerzo suplementario para desbancar a los rivales. (En épocas de crecimiento la derecha ya pedía las mismas reformas que ahora está aplicando con la crisis como excusa). Nunca es momento para las personas. El equilibrio ecológico, la riqueza colectiva de los ciudadanos y su tiempo libre son consumidos por un sistema legal orientado hacia ese crecimiento. No importa si con la capacidad productiva actual se podría alimentar y alojar a toda la población -como demuestran los excesos de oferta- sin necesidad de mayor crecimiento del PIB o incuso pudiendo decrecer ese término medio económico. El ordenamiento jurídico vigente en la mayoría de los estados excluye un amparo suficiente de la vida libre, y de ese modo determina que si no te entregas completamente en favor del crecimiento, caerás en la pobreza. Crecer es así un mandato inexcusable e incuestionable. Y ese mismo miedo a la pobreza lleva a no tener contemplaciones con el medio ambiente. Todo queda convertido en mero medio para el crecimiento. El ser humano deja de ser la finalidad. Su seguridad y su plenitud vital no son lo que se busca. Su vida sirve a una función programada. Se es un medio o se es un coste del que hay que deshacerse.

Pero ¿cómo se concreta esa coacción en las leyes? Será necesario conocer lo que debemos cambiar. ¿Cómo se manifiesta la prioridad del crecimiento competitivo en la legislación? La cuestión se puede resumir en la observación de qué aspectos se consideran rígidos y cuáles flexibles. Por ejemplo: la suficiencia económica de todos se condiciona a que un posible crecimiento aporte nuevos excedentes, se considera algo flexible, sin que la tributación y su progresividad se vinculen a esa suficiencia en todo momento. Del mismo modo, el equilibrio natural del que dependemos se valora como una aspiración, no como un requisito previo de toda actividad económica.

Poner al ser humano y su libertad en el centro del sistema legal pasaría por cambiar lo que se considera permanente y lo que debe ser flexible: las prestaciones básicas como la subsistencia, el alojamiento independiente, la educación, la atención sanitaria y el acceso a la información y el conocimiento deben ser derechos inviolables. Sin embargo una aportación fiscal progresiva ha de ser flexible y estar supeditada a lo necesario en cada momento para cubrir esos derechos sociales.

¿Y qué hay del trabajo necesario para la producción, esa clave social determinante por vincularse a la legitimidad para tener derecho a la suficiencia económica? Actualmente se flexibilizan las condiciones laborales para una mayor entrega productivista y se considera rígido (o incluso se aumenta) el número de horas de trabajo que cada uno debe aportar para ganar lo suficiente o para no ser despedido. Esto impide que pueda considerarse legítimo mantener a quienes no tienen nada mientras otros deben trabajar duramente. Se exige tener empleo pero no se reparte el mismo. Así el miedo a la exclusión facilita la servidumbre y la servidumbre facilita el desamparo de los excluidos.

La solución pasaría una vez más por permutar lo que se considera flexible y lo que ha de ser estable: el acceso al empleo debe mantenerse estable flexibilizando el reparto del tiempo de trabajo como forma de ir absorbiendo el empleo excedentario, (ya sea por los incrementos de productividad o a causa del decrecimiento). Pero la cobertura de lo básico para todos puede y debe ser estable no sólo a través del empleo sino en forma de salario social complementario, mientras que la acumulación de riqueza debería quedar flexiblemente condicionada al excedente posible en cada momento una vez cubierto lo anterior. No hacer esto es lo que impide que el progreso humano discurra por caminos distintos de la mera expansión material, condenándonos de paso al agotamiento de los recursos y de los sumideros naturales.

A menudo se cree que somos demasiadas personas en el planeta como para subsistir todas dignamente. Pero lo que está impidiendo la subsistencia de gran parte de la humanidad desde hace muchos años no es la escasez de los recursos necesarios para esto sino el modelo económico políticamente establecido, y concretamente la apuesta inflexible por el crecimiento económico, la apuesta por la acumulación en detrimento del tiempo libre. Ese desprecio de la maduración autónoma en tiempo libre en favor del trabajo remunerado, ese desprecio de las posibilidades de desarrollo personal en favor del consumo para la ostentación, o el descuido de uno mismo a causa de un miedo al futuro que lleva a la acumulación inacabable, es lo que está acaparando los recursos necesarios para el desarrollo económico de quienes sí lo necesitan. Y especialmente el explícito deseo de competir en acumulación por parte de quienes ya se cuentan en el 1% (o en el 10%) de la población más rica pero acaparan una proporción aberrante de la riqueza mundial.

Decir que no hay o que no habrá suficiente para cubrir las necesidades básicas de todos los que habitamos el planeta es sobre todo una irresponsabilidad. Mientras no se haya comprobado el efecto de compartir hasta el último céntimo y hasta el último centímetro de la tierra cultivada, esa afirmación invita a la condescendencia con el ecofascismo que lleva muchos años tolerando la innecesaria muerte por inanición de millones de personas. Sí, vivimos en plena época del ecofascismo, una disputa excluyente por los recursos del planeta. No es algo cuya llegada debamos temer sino algo de lo que tenemos la obligación de librarnos. El “progreso moral” del último siglo sólo ha pasado de creer que matar puede ser aceptable, (en nombre de la expansión territorial de un estado), a creer que dejar morir es aceptable, (en nombre de la competitividad y de la expansión económica).

El crecimiento económico es cíclico, pero las necesidades de una vida digna y libre no lo son. Por ello la política se debe adaptar a este principio de la realidad económica de modo que el crecimiento sea una posibilidad, no una condición para la suficiencia de todos ni un mandato prioritario, y de modo que la cobertura universal de aquellas necesidades sí sea un mandato y no una mera posibilidad. La fiscalidad puede y debe adaptarse a esto, y los servicios públicos pueden y deben cubrir la insuficiencia del mercado. En lugar de supeditar la distribución universal de lo básico a la posibilidad del crecimiento económico, se debería condicionar la cuantía de los beneficios a la cobertura de lo básico para la vida de todos.

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¿Acaso eso impediría la iniciativa individual? ¿No saldría más bien fortalecida al liberarnos de la preocupación por las necesidades más elementales? La realidad demuestra que aun asegurada la cobertura de necesidades básicas, nadie se conforma con esto. La humanidad seguirá activa y motivada por su ambición económica, (quizá demasiado, pues quien gana mucho suele continuar trabajando mucho), y en tiempo libre, por sus inquietudes éticas y culturales. Pero el fantasma del conformismo parece asustar demasiado a los dogmáticos de la ortodoxia manipuladora, a los fundamentalistas de los incentivos, a los expertos en controlar el clima social mediante la represión económica, los que se arrogan la potestad de elegir a qué deben dedicar sus energías el resto de seres humanos y hasta qué punto.

Así como las condiciones ambientales son las que determinan que la vida prospere, se estanque o tienda a extinguirse en un ecosistema, el clima social es lo que favorece o perjudica el desarrollo pleno de nuestra naturaleza, el crecimiento natural de cada uno, su madurez o el florecimiento de sus potencialidades. La política neoliberal consiste en controlar el clima social en favor de la acumulación y en detrimento de una autorrealización libremente orientada, algo muy complaciente con quienes ya son privilegiados: en un entorno de cicatería en el que no se redistribuye lo suficiente, muchas personas no tendrán más opción que aceptar un sueldo miserable y una entrega servil. Y todo el mundo sentirá esa espada de Damocles de la miseria posible como incentivo para competir en acumulación más de lo que en otras circunstancias habría deseado.

A pesar de esto algunos lo llamarán libertad porque no se trata de una coacción explícita sino que esta se lleva a cabo a través del control político del clima social: en el momento de la pregunta es uno el que debe responder si “decide” morirse de hambre o si acepta la precariedad. (O quizá lo llaman libertad porque entre tanto los beneficios fluyen “libremente” a los paraísos fiscales). Hoy día se confunde la libertad con el poder privado y con el desamparo social que lo hace posible. El abuso y la amenaza de exclusión son la norma, y la mayoría que no triunfa queda al margen de esta extraña idea de libertad, basada en el miedo y en la uniformidad de la ambición que debe tener todo el mundo, (sólo económica). Por no hablar de las situaciones de dependencia, que quedan al albur de cómo le vaya a cada familia. No hay garantías para el adecuado desarrollo de los niños, o para un envejecimiento tranquilo, o para los momentos de enfermedad. El cuidado de la vida no tiene valor para el mercado salvo que esa vida pertenezca a la minoría con dinero acumulado.

Y la extensión de este proceso social al aprovechamiento de los recursos naturales lleva a la biosfera esa misma lógica desequilibradora que no tiene en cuenta el sostenimiento a largo plazo de las condiciones de las que depende la vida. Por contra, el equilibrio de la biosfera en la forma en que nos ha dado la vida también debería considerarse una necesidad básica y condicionar de antemano cualquier posibilidad económica. Hacer lo contrario, tomar la biosfera como la parte flexible de la ecuación, implica romper el principio esencial de la misma: un equilibrio conjunto basado en la redistribución de excedentes reciclables. Tanto la estabilidad del medio ambiente como la estabilidad social dependen de que cada uno de esos conjuntos formen un sistema dinámico que renueve su equilibrio reincluyendo siempre sus partes e impidiendo hegemonías. Sólo dentro del flujo que permita ese marco podremos ser libres. Seremos tan libres como robusta sea la garantía de no exclusión en un sistema participativo.

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Somos seres surgidos de la naturaleza, y esto incluye nuestra naturaleza social y cultural: la capacidad de cooperar y de protegernos mutuamente, y la capacidad de desarrollar nuestra imaginación. Estas capacidades son las que nos han permitido prevalecer sobre el resto de las especies. La predisposición social y cultural es nuestra singularidad en la existencia, y el disfrute en esos ámbitos dará la medida de nuestra plenitud natural. Es así como debemos vernos antes que como instrumentos de un proceso laboral, (ya sea como empleados o como empresarios).

La concreción práctica de esto sería una organización social que pusiera la protección de la vida, la integración social sin imposiciones y la participación en la cultura por encima de la expansión material, es decir, trabajar lo menos posible en las tareas meramente económicas, aplicando la misma lógica de suficiencia que en el caso de las tareas domésticas, y que en la parte liberada de nuestra actual jornada laboral busquemos madurar un desarrollo personal y social determinado en uno mismo, voluntario, libremente elegido. Si realmente estamos trabajando en favor del progreso de la sociedad, las condiciones laborales deberían mejorar y el número de horas de trabajo debería disminuir en favor de una vida más liberada de ataduras económicas y que se determinara más en uno mismo, en su libre conciencia y en su tiempo libre.

Quizá muchas personas no echan en falta una verdadera libertad individual porque casi nadie la ha tenido: se supone que los objetivos de la actividad principal han de venir determinados por la oferta laboral o, lo que es lo mismo, por los nichos de mercado (en caso de trabajar por cuenta propia). Se nos inculca que debemos intentar “llegar lejos” sólo en el mundo laboral. Así uno no se plantea como posible y deseable que la orientación de su actividad psíquica y física pueda determinarse en su propia conciencia, a partir de su conocimiento y de su reflexión ética, -eso “no te lleva a ningún lado”, así “no llegarás a nada”-; y sólo nos concedemos a nosotros mismos una exigua parte de nuestro tiempo en la que, después de trabajo, tareas domésticas y trámites, a menudo sólo queda tiempo para descansar y buscar un poco de compañía. No se valora lo que no se conoce, y así es difícil reclamarlo.

Por ello, para alcanzar un cambio económico liberador será determinante un cambio de valores, un cambio cultural, pues la “demanda” político-económica depende de los “sueños” que nos planteamos como deseables y que se definen en la cultura compartida. Pasado un nivel de subsistencia no hay un determinismo economicista en la conducta sino más bien una fuerte presión social hacia las quimeras comúnmente aceptadas. (Por algo las empresas invierten tanto en marketing). Si se sigue persiguiendo el crecimiento económico y la riqueza material por encima del tiempo libre y de sus posibilidades no es porque sea necesario ni por un determinismo natural sino porque esa rémora de un pasado pobre ha quedado como único “sueño” compartido y perseguido por todos. Pero es obvio que el crecimiento económico no nos conduce a un mundo mejor y ni siquiera nos hace felices.

El reto es hacer que los nuevos “sueños” compartidos sean ideales acertados para posibilitar una vida plena, y esto no puede tener lugar sin una mayor cercanía cultural a la realidad. El pretendido realismo obsesivo de la competición económica en un entorno de desconfianza mutua, junto a un ocio comercial y evasivo, nos ciegan a la realidad ecológica y humana que se pierde con la lucha. Se da por hecho que hay que ganarse un puesto en la selección del más apto, forzando la interpretación de que somos animales asociales y presas naturales de nosotros mismos, y con este adoctrinamiento (ajeno a nuestra verdadera naturaleza y a sus posibilidades) se acepta la exclusión de los menos aptos y el propio riesgo de caer en ella. Tenemos pendiente una liberación social que nos proporcione mayores posibilidades de vivir plenamente.

Esto pasaría por concedernos más tiempo libre, disponer de acceso abierto al conocimiento, y valorar por encima del ocio comercial, el disfrute mutuo, el  asociacionismo, el cultivo de pasiones personales y la reflexión independiente, cosas que requieren dedicación, hábito, artesanía a diferencia del mero consumo de “fascinación”. Se trataría de marginar el placer dependiente y esclavizante de consumir en favor de un disfrute autónomo del hacer. Hay que tener en cuenta que la capacitación personal libremente orientada es fuente de pasión y de amor a la vida. Una capacitación motivada por su valor intrínseco a nuestros ojos, una capacitación satisfactoria por sí misma es parte esencial de la liberación.

Traducido a opciones políticas, hoy por hoy nos convendría apostar por el reparto del trabajo, la redistribución de la riqueza, la democracia real, la liberación del conocimiento retenido mediante patentes abusivas, y el acrecentamiento de los bienes comunes como forma social de obtener la seguridad económica, (Renta Básica, servicios públicos, tierras comunales, cooperativismo, naturaleza protegida); todo ello en detrimento de la acumulación especulativa y del látigo competitivo que, aparentando estimular el avance, en realidad sólo nos obliga a huir, empezando por huir de la realidad y de nosotros mismos.

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