30 abr. 2013

Reducción de costes y destrucción masiva

Los restos del naufragio - Ángel Orcajo
En las últimas décadas la política económica que ha predominado en el mundo ha sido la de favorecer la oferta, mitificar al empresario y poner todo lo demás a su servicio, incluida una vasta apertura de fronteras para el comercio pero sin abandonar la parcelación legislativa en estados que ya no sujeta a las empresas. Esto ha favorecido una brutal competencia en la reducción de costes que, aparentando facilitar el funcionamiento de la economía, ha tenido y está teniendo consecuencias devastadoras:

  • Trabajo. La posibilidad de deslocalizar o externalizar la producción hacia aquellos colectivos con menores derechos laborales ha llevado a la reducción de los salarios, tomados falazmente como costes a minimizar. En buena lógica esto ha conducido a un gran empobrecimiento de la demanda, sólo apoyada por un crédito cada vez más insostenible, (y ahora paralizado salvo para refinanciar lo impagable mientras crece la quimera de la deuda).
    • Los incrementos de productividad debidos a la mejora tecnológica se aprovechan sólo para eliminar empleos, no se utilizan para repartir el trabajo, creando así exclusión social. El miedo al paro realimenta una mayor reducción de salarios entre quienes siguen empleados, y lleva a la sobrevaloración del trabajo y de la producción en detrimento del tiempo libre para la autonomía, el conocimiento y la maduración personal.

  • Fiscalidad. En teoría la fiscalidad no es un coste. Los impuestos se aplican principalmente sobre el resultado económico, a posteriori. Pero la posibilidad de preverlos y sobre todo la posibilidad de elegir el lugar en el que menos se tributa, lleva a que los impuestos sean tratados como costes a minimizar, (por parte de las grandes y medianas empresas y por parte de todos los inversores financieros). Esto ha dejado exhaustas las arcas públicas minando la base del estado del bienestar (donde lo había) e incluso haciendo que se cuestione el carácter corresponsable y solidario de la gestión económica nacional.              
    • Con ello aumenta la desigualdad, la riqueza se concentra y se vuelve endeudadora y especulativa (inflando sucesivas burbujas de precios), y los mercados se ven dominados por oligopolios que reducen la posible competencia (supuesta ventaja del mercado).

  • Naturaleza. El paro y la miseria sostenidos innecesariamente permiten a los gobiernos facilitar cualquier nuevo negocio, por sucio o insostenible que sea, y acrecientan la necesidad de producir más sin miramientos con el medio ambiente para lograr el consumo de quienes tienen dinero. Se trata de un sistema orientado a condicionar la opinión pública en favor de cualquier forma de producción que pueda alimentar el crecimiento económico. Pero este exceso de trabajo y de producción, además de ser limitador para la mayoría de las personas, resulta inadaptado a un mundo que toca sus límites físicos. A nuestros empresarios les resulta más fácil competir presionando económicamente a la población que invertir en la necesaria adaptación de los procesos productivos a un futuro de recursos naturales menguantes y ecosistemas degradados.
    • La competencia en legislaciones ambientales, entre las que pueden elegir los empresarios para reducir sus costes, facilita aun más el desprecio a la importancia básica de los ecosistemas. De ese modo se externalizan los costes ambientales -los pagamos todos- y no se tiene en cuenta el coste (no calculable) de perder lo irrecuperable.

Como se ve, estos costes paradójicos tienen el efecto de encarecer la vida cuando se reducen: menores salarios y menos prestaciones públicas suponen pérdida de poder adquisitivo (a pesar de una inflación contenida en apariencia); la concentración de capitales especulativos a causa de una menor fiscalidad implica burbujas de precios, mercados amañados por oligopolios y endeudamiento; y tanto la degradación ambiental como la falta de adaptación a sistemas de producción independientes de la menguante energía fósil sin duda tendrá graves costes para la sociedad. Hay una gran disonancia entre la reducción de estos costes empresariales y el aumento del coste de la vida para la mayoría de la población. La diferencia ha caído del lado de los beneficios. Además hay una gran discordancia entre la reducción de esos costes y el coste físico de producir cualquier cosa: aunque en el mercado puedan resultar más baratos algunos productos importados de otro continente, ¿quién puede negar que este proceso es más costoso si lo medimos en términos de consumo de recursos energéticos, humanos y materiales?

Trabajo en la fábrica (1940) - Pancho Lasso
El funcionamiento propio del mercado en estas circunstancias se basa en la lucha sin cuartel precisamente contra aquello que define la prosperidad general: salarios, bienes comunes y naturaleza. La economía actual no funciona a nuestro servicio. En lugar de ello nosotros nos debemos a la exaltación de sus promedios. Hemos aceptado nuestra deshumanización al aceptar intelectualmente que somos costes.

El santo grial con el que se trata de justificar esta tropelía se llama competitividad. Sin embargo esta mejora de la competitividad que se basa en la elección de las reglas del juego más convenientes no implica una mejora real de la capacidad de las empresas. Esto que parece obvio es sistemáticamente omitido por el modelo económico de la globalización, que sólo mide la competitividad como resultado, sin tener en cuenta los medios utilizados para lograrla, sin discriminar si se trata de medios tramposos, de atajos legales, (que además sólo son accesibles para los privilegiados que pueden deslocalizar sus negocios), o si realmente se ha producido una mejora en las capacidades. Así la carrera por rebajar las exigencias legales en cada país deriva en una destrucción de los recursos disponibles que esas leyes protegían para todos. Y con la depredación “legal” de estos recursos (unida al continuo crecimiento de la deuda como recurso ficticio) en realidad se están disimulando las limitaciones reales de este modelo económico.

La reducción de “costes” laborales, fiscales y ambientales equivale, como la violencia y el totalitarismo, a la búsqueda de un atajo que acaba siendo destructivo en lugar de llevar a un mundo mejor, (suponiendo que fuera ese el fin de esta elusión de obligaciones económicas y no la protección de unas fortunas codiciosas y aliadas contra la suficiencia económica de los demás, los que han de servirles). Que gran parte de la población siga apoyando esta política en contra de las evidencias y de sus propios intereses sólo puede explicarse por un engaño masivo y bien financiadopor una costumbre resignada o por una fe ideológica. Se diría que muchas personas no pueden renunciar a aquello de lo que han hecho bandera. Como dicen los pedagogos sobre las dificultades de la educación: la coherencia con el relato vital propio se siente como una necesidad tan básica que se convierte en una resistencia emocional insuperable aun cuando la realidad demuestra que uno debe cambiar de rol por su bien (y por el de todos).

It's time - Clarence Holbrook Carter
Pero si queremos evitar un futuro económico traumático, y si se quiere buscar una alternativa
mejor sin anular completamente el mercado, la única opción consistiría en darle la vuelta a esta política económica, cambiar el sentido de la presión que establecen las leyes: en lugar de presionar al medio ambiente, a los trabajadores y a los estados, ahora se pasaría a aumentar la presión sobre el sistema productivo mediante exigencias ecológicas, salariales y fiscales. En lugar de favorecer la oferta (y con ella los desequilibrios propios del mercado, como la irresponsabilidad sobre lo colectivo y la tendencia hacia una abusiva desigualdad), sería necesario exigir a las empresas la internalización de los sacrificios que ahora pagamos todos y socavan el futuro, el encarecimiento de estos paradójicos costes productivos, el aumento de sus obligaciones económicas en detrimento de los mimados beneficios:
  • Adaptar los sistemas a métodos sin impacto ambiental, cueste lo que cueste, (forzando el cierre de los ciclos de materiales, anticipando el abandono de la energía fósil, relocalizando la producción), y relegar la idea de mantener el mismo nivel de producción para, en lugar de ello, dar prioridad legal a maximizar la adaptación posible a estas nuevas condiciones.
  • Retribuir mejor el trabajo, de modo que pueda llevarse a cabo el cada vez más necesario reparto del mismo, y también que los salarios puedan pagar esa producción sostenible más cara o el inevitable encarecimiento que traerá el declive del petróleo.
  • Gravar en mayor medida las rentas del capital, de modo que puedan costearse los sistemas públicos básicos, pueda crearse una Renta Básica de Ciudadanía, y puedan adoptarse programas de regeneración ecológica. Con ello se lograría además dificultar la formación de oligopolios y la concentración de capitales que implican especulación, endeudamiento y exceso de poder político privado.
Todas estas medidas, que equivalen a invertir una mayor parte de los actuales beneficios en medio ambiente, en personas y en instituciones públicas, tendrían un efecto ambivalente. Por un lado serían un freno a las empresas actuales pero por otro lado favorecerían la realimentación de la demanda agregada, (demanda de consumo, demanda pública y demanda de las empresas que tendrían que invertir en adaptar sus procedimientos a métodos ecológicos). La creación de esa demanda equivale a la creación directa de nichos de mercado. Y es eso lo que a medio plazo puede crear nuevo tejido productivo y hacer que este se adapte a las nuevas necesidades, no la concesión a los oferentes de viciadas facilidades legales que desincentivan su adaptación.

Pero no es tan importante el promedio económico que resultara con estas medidas (ese PIB que actualmente se apoya en una destrucción no contabilizada) como el alcance de su distribución en la sociedad, su salubridad y su capacidad de renovación. Una política fiscal expansiva que alimentara la demanda sin estos criterios cualitativos sólo resolvería una parte del problema. El sistema acabaría colapsando por su vertiente ecológica o por las limitaciones de los recursos. No hay que olvidar que los conflictos socioecológicos son una realidad sangrante en gran parte del mundo, allá donde las diversas metrópolis han externalizado sus responsabilidades. ¿Hasta cuándo se podrá considerar la ecología como una preocupación no económica ni social, sino sólo adyacente o casi “decorativa”?

Y desde el punto de vista humano, si no se exigen mejoras emancipadoras, el nuevo crecimiento que fomenten las instituciones públicas puede darse sin cambiar nada el carácter explotador y alienante de la competición económica internacional: una limitación para las personas por mucho que se lleve a su máxima expresión la capacidad productiva, o precisamente por hacerlo.
La contaminación - Juan Ignacio de Blas

Es decir, no sólo es necesario estimular la economía sino también controlar sus efectos, su rumbo, su equilibrio, su consumo conjunto de recursos y su utilidad real. Ponerle “freno” y “volante” sería una indudable mejora y debe dejar de verse como un mal a evitar. Por ello es necesario aumentar las cargas al sistema productivo referidas a fiscalidad, trabajo y medio ambiente tanto como sea necesario para evitar su efecto excluyente y destructivo.

El freno a las empresas actuales no sería sino el ajuste necesario para equilibrar esta economía abrumada por la incoherencia: por un lado tenemos exceso de capacidad instalada del sistema productivo, exceso de capital especulativo del sistema financiero improductivo y derroche de recursos energéticos no renovables, y por el otro, escasez innecesaria en parte de la población y una biosfera convertida en sumidero llegando a los límites de su capacidad de carga. El decrecimiento que por termino medio pudiera darse con esa internalización de “costes” a pesar de la renovación de la demanda, daría la medida del decrecimiento que necesitamos para equilibrar la economía dentro de la sociedad y del ecosistema. Y como los salarios y los derechos sociales serían beneficiarios de esas contribuciones que deben aumentar las empresas -predistribución y redistribución- este freno sería a la vez una forma de adaptación más inclusiva y más equitativa que el funcionamiento actual incluso cuando este se da con crecimiento.

El incremento de costes aparentes que aquí se propone es una salida ecológica que no se basa en la reducción directa del consumo y de la producción sino en un verdadero aumento de las exigencias ambientales hasta hacerlas eficaces. El efecto puede ser el mismo pero con la ventaja añadida de que no nos centraríamos sólo en la cantidad producida, (lo cual dejaría muchas variables fuera pues con menos producción se puede contaminar igualmente sólo que más despacio), sino que además estaríamos definiendo e implementando ya los modos de producir tolerables a partir de ahora. Y por otro lado se trata de una salida económica que no se basa ni en la austeridad suicida ni en la necesidad imperiosa del crecimiento del PIB, gracias a que su propio funcionamiento implica un mejor reparto del resultado.

Con independencia del nivel de recursos del que la sociedad pueda disponer en cada momento, el modelo económico que elijamos tendrá una influencia sobre la capacidad adaptativa y el horizonte de esa sociedad. Sea cual sea el grado de desarrollo o de pobreza, lo más determinante de su afección para nosotros es cómo se gestiona. Tan posible es que la riqueza y el desarrollo tecnológico tengan lugar bajo una organización despótica, alienante y explotadora como que la pobreza resulte llevadera (o incluso liberadora) si todo el mundo puede disponer de lo básico para subsistir. Ni que decir tiene que sería mejor eludir la pobreza pero la virtud no está en su opuesto sino en el modo de utilizar los recursos. No podemos elegir los límites de los recursos energéticos ni los límites ambientales que debemos respetar, pero la forma de organizarnos sí es elegible y modificable a voluntad, (si se recaba el consenso necesario, claro), y por ello es en el modelo de gestión (económico, político, ecológico) en lo que más debemos incidir e indagar. Hay que tener en cuenta que oponer alternativas económicas sólo “desde abajo” no puede ser suficiente cuando la política económica crea una corriente mayor que las supera. Es necesaria también una visión macroeconómica alternativa que las complemente. 

Ni la austeridad anoréxica ni el crecimiento ansioso que alimenta una futura depresión son un modelo de equilibrio económico para la sociedad. Una vez alcanzado cierto grado de desarrollo físico, lo que necesitamos no es ni desnutrición ni sobrealimentación sino madurez. La actual austeridad y la política de reducción de “costes” vía globalización y laxitud reguladora determina una espiral económica deflacionaria sin salida: menos capacidad adquisitiva de la población supone que las empresas deben reducir aun más sus precios para vender, y con ello vuelve a empezar la competencia por adelgazar los recursos humanos o por devorar nuevos recursos naturales sin precio. Y una política expansiva basada sólo en un nuevo crecimiento indiscriminado tampoco sería una solución real sino un mero aplazamiento del encontronazo con las limitaciones físicas del mismo, además de no decirnos nada sobre la emancipación humana del materialismo productivista (privado o estatal) en favor de una madurez autónoma.

Sin embargo un aumento de las exigencias al sistema productivo como el descrito aquí implicaría aumento conjunto de salarios, de empleos, de bienes comunes, de tiempo libre, de garantías ambientales y de capacidad de adaptación o resiliencia, es decir, reducción de costes reales para la mayoría de la población y reducción de costes físicos globales. Por supuesto esta opción tiene poderosos oponentes que no quieren ni oír hablar de exigencias, que cuentan con muchos medios para persuadirnos de que hay que hacerles el caldo gordo, y que harán lo posible para que los estados sigan compitiendo entre ellos por facilitarles la vida.

Por ello es necesaria la acción concertada de los estados que compartan libre comercio (o en los sectores en los que lo compartan). En realidad esta concertación de normas ya ha sido posible y ha tenido lugar en el pasado reciente, pero para mal: el Tratado de Maastricht es un perverso ejemplo de cómo sí es posible acordar medidas internacionales duras y vinculantes, (en este caso duras para la población y muy cómodas para los mercados). Y la OMC es otro ejemplo. Tenemos una organización mundial para favorecer el libre comercio y la desregulación del mismo, incluso con capacidad sancionadora, pero no tenemos ninguna organización similar que pueda promover con eficacia la equidad global o el cuidado de la biosfera compartida. Así las cosas, el proteccionismo, la vuelta a los aranceles de uno u otro modo, debería recuperarse pero no por una cuestión de fronteras sino en función de si el país con el que podemos comerciar comparte o no las mismas reglas que protegen el equilibrio económico de la sociedad y la salud ecológica de la biosfera.

Recogida de FIRMAS por una 
Renta Básica como derecho humano
Sólo a partir de la unificación de normas dentro del ámbito de libre comercio se podrían nivelar las obligaciones económicas que debe cumplir toda producción a las necesidades del sostenimiento ecológico y social, tanto si hablamos de sector público como del privado, tanto si se trata de producción a gran escala como si está distribuida y descentralizada. Para poder exigir que el sistema productivo nos sirva a nosotros en lugar de esclavizarnos debe impedirse esa competencia global por una falsa reducción o externalización de costes.

Si la humanidad realmente avanza, todo el mundo acabará percibiendo la actual competencia económica entre estados con la misma repugnancia que en general suscitan hoy el racismo, las guerras imperialistas del pasado y aquellas galeras de esclavos encadenados. Porque en realidad no hemos dejado atrás todo eso: sólo se ha disimulado con un marketing más refinado. La reducción tramposa de costes productivos propia de la globalización es la forma que ha adoptado en nuestra época la codicia inhumana o el etnocentrismo que la admite. ¿Por qué una hora de trabajo en Bangladesh vale menos que una hora del mismo trabajo en Alemania? ¿Por qué ha de ser más barato verter residuos en Somalia que hacerlo en Suiza? Por supuesto la solución a la discriminación esclavista no es hacernos todos esclavos, que es a lo que nos lleva la actual política. E igualmente suicida sería que todos adoptásemos el “liberalismo” ambiental del que nos aprovechamos en otras latitudes. Las ONG que inciden sobre esta discriminación reguladora -quizá habría que fundar Costes Sin Fronteras- enfocan mejor el problema que las que sólo buscan una caridad siempre insuficiente.

Consensuando las exigencias ecológicas, salariales y fiscales desde acuerdos internacionales, los mercados no podrían chantajear a los estados y a sus legislaciones; los inversores no podrían huir, (como ahora nos hacen temer); no tendrían mejor lugar al que evadirse de sus obligaciones. Y tampoco dejaría de haber inversiones, como no cesaron estas cuando los impuestos fueron más altos, (precisamente dando lugar a los llamados treinta años gloriosos), por la sencilla razón de que ganar 20 en lugar de 80 es bastante mejor que no ganar nada. Lo que estimula la verdadera excelencia de los distintos agentes económicos es una férrea similitud en las reglas del juego, no la falta de exigencia o la comodidad de carecer de normas.

El problema de la economía actual no está en las empresas que tienen que cerrar porque su negocio ya no es rentable sino en las que sí tienen beneficios pero no devuelven a la sociedad lo suficiente para mantener su equilibrio económico. No es un problema de coyuntura sino de modelo. Esto se hace evidente con tan solo contar las cantidades evadidas a los paraísos fiscales. Si vamos a seguir adorando la llamada destrucción creativa, -una destrucción nada metafórica- debemos acotarla a los proyectos y a los capitales en liza. La búsqueda de más crecimiento no puede justificar la destrucción de personas, de naturaleza o de las leyes que protegen a ambas.

El cambio en la gestión del mercado propuesto aquí no es ninguna utopía, pero nos acercamos tanto a una cruel distopía, ya presente para gran parte de la población de todo el mundo, que sin duda este cambio menor sería un gran paso para todos.

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