20 abr. 2012

Banderas de conveniencia

Es sabido que el crecimiento del PIB es sólo una media, que no implica crecimiento económico para todos los individuos de la nación y que puede estar basado en la hipoteca o la devastación del futuro. Pero de igual modo es una entelequia considerar el PIB como reflejo de algo que ocurre en un espacio geográfico determinado, en un país, dentro del ámbito de unas fronteras. En una economía globalizada lo que sucede en un país está influido por lo que sucede en el resto del mundo y tiene efectos para bien o para mal en otros lugares del planeta. ¿Es representativo un agregado territorial cuando empresas e individuos de un mismo país pueden tener cuentas en los demás y transferir su patrimonio entre ellas en cualquier momento y tantas veces como quieran? Hoy por hoy, juzgar la situación económica de un territorio es como medir el agua que cabe en una mano mientras se escapa entre los dedos, llueve al azar y otras manos -los mercados- pueden manguear agua sobre ella o retirarla a su conveniencia. ¿Por qué entonces seguimos utilizando como referencia económica una medición territorial? ¿Qué sentido tiene desglosar las cuentas en parcelas geográficas cuando los movimientos de capitales son globales y continuos?

La forma de medir un fenómeno determina la percepción que tenemos del mismo. Lo sabe cualquier científico, y viven de ello los publicistas y quienes confeccionan estadísticas. Quien decide cómo se mide la economía decide cómo la vemos, y sin duda lo saben los economistas y sus pagadores. La mejor forma de ocultar la realidad es medirla como si fuera otra. Si llenar o vaciar un país con flujos de capital resulta tan fácil como un clic de ratón -la transferencia al que menos impuestos pida- la verdadera frontera no está en las aduanas sino entre quienes pueden hacerlo y quienes no saben si llegarán a fin de mes. ¿Por qué entonces elegimos medir economías territoriales para decidir si vamos bien o mal? La existencia de diferentes ámbitos de soberanía para elegir políticos sigue sirviendo de coartada para esta falacia contable, pero la realidad económica del mercado actual no se sujeta a estos ámbitos de regulación, juega con ellos en un mercadillo de naciones combatiendo la redistribución de la riqueza en todos los países, incluido el país de origen de cada capitalista, y aumentando la desigualdad global, esa nueva frontera difusa y ubicua, ¿incontrolable? Al carecer de instituciones sociales comunes que se sobrepongan a las coyunturas nacionales tenemos en todas partes élites crecientemente ricas que han sabido aprovechar esta situación, y poblaciones empobrecidas que se van igualando a la baja. La frontera está sobre nosotros, no entre nosotros.

Descendamos a lo concreto. En Alemania se ha suprimido recientemente la prestación económica llamada Hartz IV para el caso de los extranjeros comunitarios que lleguen allí, pero, por supuesto, sigue sin haber traba alguna a los flujos de capital dentro de la UE. Para los pobres se aplica la lógica territorial tradicional y que cada uno pida en su pueblo, según su PIB y su déficit. En cambio para la minoría que acapara los beneficios, el verdadero poder de la economía actual, no hay más frontera que la que separa a esa minoría de la servidumbre en cualquier lugar. Así los bancos y los fondos de inversión alemanes han participado en las burbujas especulativas de otros países y se han beneficiado libremente de ellas, pero las ayudas sociales se limitan territorialmente más aún precisamente ahora que son tan necesarias debido al vaciamiento económico sufrido por los trabajadores. Sin embargo, no nos confundamos de nuevo con las fronteras, los beneficios especulativos alemanes no los han ganado "los alemanes" sino sólo su élite económica junto a los privilegiados de los mismos países que han sufrido ese ”éxito” especulativo. Por eso allí hay muchas personas que subsisten sólo con esa especie de renta básica, y por eso aquí también hay quien salió muy favorecido con todo lo que causó la crisis.

Quien pide su renta pública para subsistir no hace sino exigir lo que es de mínima justicia económica, y sin duda esta posibilidad debería extenderse a todos los países de la unión. Para ser justos las ayudas sociales deberían ser similares en todo el ámbito de libre comercio, en todo el "tablero de juego" compartido. Y deberían ir mucho más lejos de ese paupérrimo subsidio alemán puesto que se ha demostrado que, con las actuales reglas, la riqueza fluye hacia arriba en lugar de producirse el efecto derrame ("trickle-down") prometido por los defensores del libre mercado. Más bien parece que la riqueza se evaporara de tan fácilmente como sube hacia quienes más tienen, cumpliéndose así la máxima de que el dinero atrae al dinero, en detrimento de quien sólo puede ganarlo con una producción que no puede emplear a todos. Y que no nos engañen, sí puede ampliarse el ámbito y la cuantía de esa protección social: hay dinero más que suficiente para la misma; sus cifras son calderilla comparadas con las astronómicas cifras de los beneficios, de las ayudas a la banca y de las retribuciones a los banqueros, tanto en Alemania como en España. Sólo hace falta volver a recaudarlo para invertirlo en las personas.

Dentro de España también hay ejemplos de frontera económica equivocada. Cíclicamente podemos escuchar la polémica suscitada por la derecha catalana acerca de lo que Cataluña contribuye a otras comunidades, como si sus ingresos procedieran exclusivamente de la producción y de las ventas llevadas a cabo en su territorio. Es una forma falaz de medir las cosas muy conveniente para granjearse el apoyo popular de quienes de otro modo no tendrían ningún motivo para apoyarles puesto que son pobres dentro de Cataluña. Lo mismo ocurre con todas las xenofobias populistas que engordan la derecha.

Pero la UE no es el único entorno de libre comercio del mundo. De hecho los capitales fluyen con total libertad por todo el planeta. Cuando cierra una bolsa abre otra. Los fondos de inversión tienen empleados en todos los meridianos. Y las empresas pueden camuflar o inflar sus beneficios con mucha facilidad mediante intercambios con sus propias filiales para declararlos allá donde más paradisíaco se lo pongan, evadiendo así impuestos libre e impunemente. Eso explica que países en los que se explotan ampliamente sus ricos recursos naturales no presenten mejores datos macroeconómicos. Así es como las multinacionales vacían África. Entonces ¿qué valor tienen las mediciones económicas parceladas geográficamente? ¿Quién sabe realmente cuánto correspondería declarar a cada empresa y a cada capital en cada país? ¿Y hasta dónde llegaría el efecto positivo de esa contribución al país (a algún país) en caso de que no se evadiese? Hemos pasado de un colonialismo lineal, unidireccional, a un colonialismo en red, ubicuo, sin metrópoli definida pero con puerta de paso en todos los paraísos fiscales, y explotador de todas las poblaciones.

De igual modo lo que debería preocuparnos no es si YPF está en manos españolas o argentinas sino cómo se redistribuyen los beneficios que obtienen sus amos. Hace mucho tiempo que la compañía no es española sin que eso haya suscitado esta abrumadora zarabanda que están ofreciendo los principales medios de comunicación españoles en defensa de esa empresa. Transpiran obediencia debida a quien tanta publicidad les ha colocado. Pero además Repsol-YPF nunca ha querido dejar sus beneficios ni en Argentina ni en España. En la medida en que le ha sido posible, los ha retraído de la sociedad. ¿Para qué otra cosa pueden ser sus 13 filiales en paraísos fiscales, (12 en las Islas Caimán y 1 en Liberia)? Y su forma degradante de producir tampoco es como para que uno quiera responder por ella. ¿Acaso ahora un español tiene que defender a una empresa con semejante conducta cuando agita esta “bandera de conveniencia”?

Más bien deberíamos aprender de la experiencia de Sudamérica en las pasadas décadas, cuando los mercados “recortaban” sus presupuestos como ahora lo hacen por estas latitudes. La pobreza que los "afortunados" mercados europeos y globales traen a muchos españoles no va a resolverla un agente de esos mismos mercados estranguladores por mucho que lleve nombre español. En lugar de ello tendremos que exigir cambios a esos mercaderes de lo ajeno. Seamos argentinos, españoles o uzbekos nuestro interés está en que las grandes corporaciones sirvan a los ciudadanos, y en que lo hagan sin degradar un medio ambiente que al final afecta a todos aunque se ataque en las antípodas. Exijamos, por ejemplo, que Repsol vuelva a ser pública, y que así de paso pueda servirnos para ir transformando el modelo energético en lugar de tenerla como lobbie contrario a este cambio.

Debemos aunar esfuerzos en todos los continentes para lograr que todas las empresas contribuyan a la redistribución global de la riqueza, de modo que esta fluya entre las poblaciones en lugar de hacerlo sólo entre los corredores de las bolsas. Por desgracia no contamos con instituciones globales que permitan hacer esto y, por ejemplo, crear una seguridad social o una renta básica globales. Ni siquiera logramos consensuar un Impuesto a las Transacciones Financieras, lo que vendría a ser una especie de arancel para quien se lleva el dinero al otro lado de la verdadera frontera económica actual, la que a la mayoría nos separa del paraíso desde el que nos chantajean. Ese es el problema a resolver, no las peleas territoriales y carroñeras en las que quieren enzarzarnos.

En realidad lo primero que deberíamos hacer y lo que más nos interesaría a casi todos sería precisamente limitar la posibilidad de competir económicamente entre territorios; dejar la competencia al ámbito de las empresas. ¿Cómo hacerlo? Sea cual sea nuestra querencia territorial, tanto si se da algún tipo de unión o federación política como si no se da esta, las normas fiscales, laborales y ambientales así como las prestaciones sociales deberían ser consensuadas y equivalentes en todo ámbito de libre comercio. ¿Por qué hacerlo? Basta con que un estado pueda competir a la baja con su regulación para que los mercados pasen a controlar la política, el medio ambiente y a los propios ciudadanos al aprovechar las fronteras territoriales para favorecer a la legislación que más les convenga y construir así su propia frontera, la desigualdad.

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(Recogida de firmas de Inspiraction de cara a la cumbre del G-20 en junio)






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