21 feb. 2017

Autonomía cooperativa

Como hiciera en años anteriores [1] [2], recopilo en esta entrada los enlaces a los textos que he escrito para el blog de la asociación Autonomía y Bienvivir a lo largo del año que termina:



Resumen del libro de Ricardo Almenar El fin de la expansión. Del mundo-océano sin límites al mundo-isla, una buena recopilación y síntesis de argumentos y autores esenciales sobre el cambio civilizatorio que estamos viviendo y que se intensificará en las próximas décadas. Pero su enfoque no se limita a exponer los problemas sino que propone indagar en las soluciones, en este caso centrándose en el primer paso: el cambio de visión del mundo necesario para poder empezar a concebir con algún acierto esas soluciones; un cambio de escenario que la sociedad no acaba de asimilar. Su importancia reside en que de esa percepción depende el futuro de todos.



A partir de la reflexión anterior en este artículo me recreo en un paseo por la controversia sobre el colapso, la problemática de la ciencia, la discusión sobre el crecimiento, el lío de la acción local y global, y algún otro dilema del rock and roll.



Texto colectivo de la asociación en el que abordamos las dificultades a las que debe hacer frente la izquierda ante el escenario político y ecológico en el que nos encontramos, (empezando por asimilar la verdadera naturaleza del mismo).



Ante los cambios necesarios para nuestra sociedad reseñados en las entradas anteriores no sólo tenemos resistencias ideológicas (como se ha visto para el caso de la izquierda) sino además la oposición de una corrupta estructura de poder que no aparece en los libros de teoría económica a pesar de ser más determinante para el devenir económico que las variables estudiadas con pretensión científica. Esta estructura condiciona las relaciones económicas a lo largo de la cadena de producción y en todos los niveles de riqueza de la sociedad, con claros ganadores y perdedores de este juego amañado al margen del mérito.


De la globalización a la autonomía

Serie de entradas en las que profundizo en el problema de la globalización y en la posible forma de salir de esta para encaminarnos hacia un horizonte en consonancia con los problemas y los retos planteados anteriormente.

Es habitual que se hable de los paraísos fiscales como un problema para la economía actual. Pero en realidad esa forma de funcionar está en la misma esencia de la globalización. No se trata de un problema de la economía globalizada sino que la globalización consiste en eso. Se trata de que las empresas y las grandes fortunas puedan eludir las normativas (fiscales, laborales y ambientales) aprobadas en los distintos parlamentos.

Toda decisión económica es también una decisión política por su afección para terceros, para la sociedad y para el medio ambiente. Lo que ha ocurrido en las últimas décadas ha supuesto la privatización de decisiones políticas de enorme calado por medio de un camuflaje tecnocrático de las mismas.

En esta entrada empiezo a reflexionar sobre la posible salida de este problema: necesitamos actuar en dos direcciones relocalizando la gestión económica con el enfoque prioritario de la máxima autonomía posible, y del otro lado, ampliando progresivamente el ámbito de una cooperación verdaderamente democrática.

En este apartado profundizo en algunas características propias del concepto de autonomía que lo diferencian del de soberanía, tan querido este último por los diferentes nacionalismos de todo cuño.

Quienes nos oponemos tanto a la actual globalización como a las tendencias fascistas necesitamos más audacia intelectual que la mostrada por la izquierda actual para hacer frente a la nueva realidad mediante propuestas aún no llevadas a la práctica. (Pues tampoco nos sirve el viejo dirigismo planificador igualmente autoritario e insostenible).

Aquí indago algunas medidas económicas que favorecerían el paso de la globalización a un mundo en el que prevaleciera la autonomía.

La autonomía política implica que los distintos pueblos no puedan verse sometidos a chantaje por parte de los mercaderes globales. Consiste en que la democracia se superponga a los derechos de propiedad privada absoluta y a las leyes del mercado. Pero esto indica que la autonomía no se centra en precisar un ámbito geográfico óptimo para la auto-institución política o para la autosuficiencia económica. Es un concepto esencialmente cualitativo; se expresa en la capacidad de las personas y de las sociedades para gestionar su devenir común. No equivale a la desvinculación sino la posibilidad de controlar los vínculos propios. Más aun, se puede decir que, al menos en parte, la autonomía se expresa y cobra cuerpo precisamente en las relaciones, al aflorar la iniciativa en la gestión de las mismas.

Por tanto la autonomía política consistiría también en democratizar las instituciones políticas supranacionales, (no las instituciones económicas creadas para aumentar el libre comercio global), así como en crear otras nuevas con fines distintos y sujetas a un verdadero control ciudadano. Las relaciones internacionales deben basarse en acuerdos políticos consensuados por las poblaciones y no en acuerdos económicos por encima de la democracia pactados entre las oligarquías de cada país.



En este texto me centro en la dimensión individual ante el nuevo escenario planteado. Hoy día hemos convertido la acción por sí misma en una forma de retiro de la conciencia. Anulada así la capacidad ética para evaluar lo que nos rodea y para decidir nuestro apoyo o nuestro rechazo a las normas sociales, no es posible decir que estamos viviendo plenamente, que estamos ejercitando nuestras potencialidades como seres humanos, que eso que sentimos es plenitud vital.


Renta Básica y decrecimiento

Serie de entradas en las que me hago eco del congreso celebrado este año en Hamburgo sobre los vínculos posibles entre Renta Básica y decrecimiento, añadiendo alguna reflexión y conclusiones propias.

Si queremos poner coto a los desmanes provocados por una desmesura comercial tan innecesaria como antieconómica, devastadora con la biosfera y alienante, será requisito imprescindible que nos garanticemos colectivamente una inclusión básica universal, reduciendo a la par la enorme desigualdad de nuestros días. Sin esa garantía pública será imposible pasar a una economía libre de la necesidad imperiosa de crecer.

¿Qué es el progreso? ¿Qué significa este término? Fascinados por el espectáculo de cambios materiales en el fondo simples, distraídos por cálculos para la acción y por sus efectos prácticos, hemos abandonado el progreso ético y político. Precisamente en nombre de la ciencia que nos advierte de los límites del crecimiento, tendremos que cambiar esta creencia básica de nuestra sociedad. En consecuencia habrá que prestar más atención a los modelos económicos alternativos que apuntan hacia esta lógica de lo cualitativo y lo complejo, que ponen por encima lo no medible, lo que sólo puede avanzar en la deliberación compartida democráticamente.

Cuando hablamos de decrecimiento no estamos ante una simple opción. Algunas personas somos partidarias de que se reduzca el volumen actual de producción global para que disminuya su impacto sobre el medio ambiente y sobre nuestra propia naturaleza. Esto nos permitiría aspirar a una Economía del Estado Estacionario. Pero en realidad el decrecimiento será, más que una opción, algo inevitable en un plazo incierto aunque no muy alejado. Por tanto cualquier medida de futuro tendrá que pensarse en ese escenario, o más bien tenemos que pensar qué propuestas podrán hacerle frente y prever su encuentro en la medida de lo posible.

El futuro de todos será muy diferente en función de si mantenemos o no la convivencia y una inclusión social y cultural que permita el desarrollo sano de todas las inteligencias.

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31 dic. 2016

Autonomía cooperativa

Como hiciera en años anteriores [1] [2], recopilo en esta entrada los enlaces a los textos que he escrito para el blog de la asociación Autonomía y Bienvivir a lo largo del año que termina:



Resumen del libro de Ricardo Almenar El fin de la expansión. Del mundo-océano sin límites al mundo-isla, una buena recopilación y síntesis de argumentos y autores esenciales sobre el cambio civilizatorio que estamos viviendo y que se intensificará en las próximas décadas. Pero su enfoque no se limita a exponer los problemas sino que propone indagar en las soluciones, en este caso centrándose en el primer paso: el cambio de visión del mundo necesario para poder empezar a concebir con algún acierto esas soluciones; un cambio de escenario que la sociedad no acaba de asimilar. Su importancia reside en que de esa percepción depende el futuro de todos.



A partir de la reflexión anterior en este artículo me recreo en un paseo por la controversia sobre el colapso, la problemática de la ciencia, la discusión sobre el crecimiento, el lío de la acción local y global, y algún otro dilema del rock and roll.



Texto colectivo de la asociación en el que abordamos las dificultades a las que debe hacer frente la izquierda ante el escenario político y ecológico en el que nos encontramos, (empezando por asimilar la verdadera naturaleza del mismo).



Ante los cambios necesarios para nuestra sociedad reseñados en las entradas anteriores no sólo tenemos resistencias ideológicas (como se ha visto para el caso de la izquierda) sino además la oposición de una corrupta estructura de poder que no aparece en los libros de teoría económica a pesar de ser más determinante para el devenir económico que las variables estudiadas con pretensión científica. Esta estructura condiciona las relaciones económicas a lo largo de la cadena de producción y en todos los niveles de riqueza de la sociedad, con claros ganadores y perdedores de este juego amañado al margen del mérito.


De la globalización a la autonomía

Serie de entradas en las que profundizo en el problema de la globalización y en la posible forma de salir de esta para encaminarnos hacia un horizonte en consonancia con los problemas y los retos planteados anteriormente.

Es habitual que se hable de los paraísos fiscales como un problema para la economía actual. Pero en realidad esa forma de funcionar está en la misma esencia de la globalización. No se trata de un problema de la economía globalizada sino que la globalización consiste en eso. Se trata de que las empresas y las grandes fortunas puedan eludir las normativas (fiscales, laborales y ambientales) aprobadas en los distintos parlamentos.

Toda decisión económica es también una decisión política por su afección para terceros, para la sociedad y para el medio ambiente. Lo que ha ocurrido en las últimas décadas ha supuesto la privatización de decisiones políticas de enorme calado por medio de un camuflaje tecnocrático de las mismas.

En esta entrada empiezo a reflexionar sobre la posible salida de este problema: necesitamos actuar en dos direcciones relocalizando la gestión económica con el enfoque prioritario de la máxima autonomía posible, y del otro lado, ampliando progresivamente el ámbito de una cooperación verdaderamente democrática.

En este apartado profundizo en algunas características propias del concepto de autonomía que lo diferencian del de soberanía, tan querido este último por los diferentes nacionalismos de todo cuño.

Quienes nos oponemos tanto a la actual globalización como a las tendencias fascistas necesitamos más audacia intelectual que la mostrada por la izquierda actual para hacer frente a la nueva realidad mediante propuestas aún no llevadas a la práctica. (Pues tampoco nos sirve el viejo dirigismo planificador igualmente autoritario e insostenible).

Aquí indago algunas medidas económicas que favorecerían el paso de la globalización a un mundo en el que prevaleciera la autonomía.

La autonomía política implica que los distintos pueblos no puedan verse sometidos a chantaje por parte de los mercaderes globales. Consiste en que la democracia se superponga a los derechos de propiedad privada absoluta y a las leyes del mercado. Pero esto indica que la autonomía no se centra en precisar un ámbito geográfico óptimo para la auto-institución política o para la autosuficiencia económica. Es un concepto esencialmente cualitativo; se expresa en la capacidad de las personas y de las sociedades para gestionar su devenir común. No equivale a la desvinculación sino la posibilidad de controlar los vínculos propios. Más aun, se puede decir que, al menos en parte, la autonomía se expresa y cobra cuerpo precisamente en las relaciones, al aflorar la iniciativa en la gestión de las mismas.

Por tanto la autonomía política consistiría también en democratizar las instituciones políticas supranacionales, (no las instituciones económicas creadas para aumentar el libre comercio global), así como en crear otras nuevas con fines distintos y sujetas a un verdadero control ciudadano. Las relaciones internacionales deben basarse en acuerdos políticos consensuados por las poblaciones y no en acuerdos económicos por encima de la democracia pactados entre las oligarquías de cada país.



En este texto me centro en la dimensión individual ante el nuevo escenario planteado. Hoy día hemos convertido la acción por sí misma en una forma de retiro de la conciencia. Anulada así la capacidad ética para evaluar lo que nos rodea y para decidir nuestro apoyo o nuestro rechazo a las normas sociales, no es posible decir que estamos viviendo plenamente, que estamos ejercitando nuestras potencialidades como seres humanos, que eso que sentimos es plenitud vital.


Renta Básica y decrecimiento

Serie de entradas en las que me hago eco del congreso celebrado este año en Hamburgo sobre los vínculos posibles entre Renta Básica y decrecimiento, añadiendo alguna reflexión y conclusiones propias.

Si queremos poner coto a los desmanes provocados por una desmesura comercial tan innecesaria como antieconómica, devastadora con la biosfera y alienante, será requisito imprescindible que nos garanticemos colectivamente una inclusión básica universal, reduciendo a la par la enorme desigualdad de nuestros días. Sin esa garantía pública será imposible pasar a una economía libre de la necesidad imperiosa de crecer.

¿Qué es el progreso? ¿Qué significa este término? Fascinados por el espectáculo de cambios materiales en el fondo simples, distraídos por cálculos para la acción y por sus efectos prácticos, hemos abandonado el progreso ético y político. Precisamente en nombre de la ciencia que nos advierte de los límites del crecimiento, tendremos que cambiar esta creencia básica de nuestra sociedad. En consecuencia habrá que prestar más atención a los modelos económicos alternativos que apuntan hacia esta lógica de lo cualitativo y lo complejo, que ponen por encima lo no medible, lo que sólo puede avanzar en la deliberación compartida democráticamente.

Cuando hablamos de decrecimiento no estamos ante una simple opción. Algunas personas somos partidarias de que se reduzca el volumen actual de producción global para que disminuya su impacto sobre el medio ambiente y sobre nuestra propia naturaleza. Esto nos permitiría aspirar a una Economía del Estado Estacionario. Pero en realidad el decrecimiento será, más que una opción, algo inevitable en un plazo incierto aunque no muy alejado. Por tanto cualquier medida de futuro tendrá que pensarse en ese escenario, o más bien tenemos que pensar qué propuestas podrán hacerle frente y prever su encuentro en la medida de lo posible.

El futuro de todos será muy diferente en función de si mantenemos o no la convivencia y una inclusión social y cultural que permita el desarrollo sano de todas las inteligencias.



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31 dic. 2015

La utopía y sus caminos

Como hice el año pasado, recopilo en esta entrada los enlaces a los textos que he escrito para el blog de la asociación Autonomía y Bienvivir a lo largo del año que termina:



Hoy día la búsqueda del beneficio a corto plazo prevalece sobre cualquier criterio ético o de sostenibilidad en nuestro modelo económico. Si bien la política es el medio adecuado para cambiar este estado de cosas (que, de no cambiar, nos avoca al desastre) también nuestros hábitos de consumo e inversión tienen una gran importancia a la hora de orientar la economía.

En este ámbito las opciones están limitadas por el control de los mercados que suelen ejercer los principales oferentes, y por la insuficiente información acerca de todo lo que implica cada producto consumido o cada forma de invertir los ahorros. Sin embargo empiezan a emerger empresas que desde su constitución y en sus propios estatutos incluyen criterios éticos o políticos por encima de la rentabilidad. Es el caso de las empresas sin ánimo de lucro. En ellas el 100% de los beneficios deben ser reinvertidos en el propio negocio o en la comunidad; no pueden pagar dividendos con los excedentes. La importancia de este cambio de modelo es que apunta al corazón de los problemas: esa ética del lucro que pone a este como prioridad absoluta. La economía sin ánimo de lucro, por el contrario, incentiva facetas mejores de la naturaleza humana.



¿Tendría sentido hablar de trabajo en una sociedad utópica? ¿Cuál sería su papel en ella? ¿Acaso el cese del trabajo como actividad exigible implica el cese de toda actividad responsable? ¿Hasta dónde es razonable eso de negociar con la realidad para aceptar labores no deseadas, y a partir de qué punto la actividad no voluntaria pasa a ser una limitación para nuestras posibilidades de realización personal? ¿Qué actividades no voluntarias merecería la pena conservar en cualquier caso?



Las personas que no tienen como único ideario la maximización de su lucro, las personas con un mínimo de pensamiento propio y de autonomía, siempre llegarán a conclusiones personales sobre lo que conviene a la sociedad. Es normal que haya diferencias y es sospechoso que no las haya.

Por otra parte, la iniciativa política de cada persona es, además de un derecho, una necesidad y un valor a cuidar y a promover. No sólo por la reflexión y la valoración que puede aportar cada una; no sólo por la toma de conciencia de los problemas colectivos que implica esa iniciativa, sino también porque la expresión de esa pluralidad es lo que nos hace humanos.

¿Pero cómo llevar a la práctica una confluencia heterogénea que pueda desbancar la acción en bloque de la política hegemónica, seguidista y uniforme? La hipótesis que planteo aquí es que la clave no está en compartir un ideario idéntico e identitario sino en compartir un sistema: un sistema de participación, de confluencia y de consenso a partir de unos principios generales. Se trata de que la alternativa se entienda a sí misma como un espacio político plural que, de ese modo, pueda proponerse y defenderse como un todo ante el poder hegemónico, aun con sus flujos y cambios internos.

Divido el texto en cuatro partes:
  • Del 15M al M15
  • Sostener la confluencia
  • El valor de las minorías
  • “...las urnas son peligrosas”



Presentación del trabajo homónimo realizado de forma colectiva por la asociación y publicado en el blog de Antonio Turiel The Oil Crash.

Al igual que la ciencia avanza aventurando hipótesis que se refutan o se validan, es posible utilizar el pensamiento utópico como herramienta para intentar descubrir cómo sería una vida en común saludable para todos y adaptada a las limitaciones planetarias. En este caso la verificación, irreductible a las mediciones y al cálculo, deberá buscarse en el consenso a partir de una deliberación pública prolongada en el tiempo. Pero una utopía debe ser sobre todo inspiradora. Sólo podremos dar una respuesta adecuada al porvenir renovando el imaginario que nos permite organizarnos en algún sentido compartido.



Ya hemos tratado en este blog desde un punto de vista teórico la propuesta de adoptar una Renta Básica, (una cantidad que recibiría incondicionalmente cada persona con independencia de si trabaja o no). Lo planteábamos como una forma de garantizar una inclusión básica universal que nos aporte autonomía para decidir nuestro futuro libremente, haciendo posible, entre otras cosas, relegar la obsesión por el insostenible crecimiento económico. En esta entrada nos hacemos eco brevemente de algunas referencias actuales y de casos prácticos en torno a esta propuesta. Desde proyectos en curso a experiencias reales, incluyendo implementaciones parciales, desde el ámbito local al estatal, y tanto en países opulentos como en lugares empobrecidos.

Todas estas experiencias desmienten los prejuicios que suelen rodear a esta propuesta. Además de su evidente carácter emancipatorio, el resultado apunta hacia un mayor equilibrio socioeconómico, tan necesario en el momento presente: por un lado favorece un aumento de la actividad económica entre quienes menos tienen, y por el otro facilita una mayor conformidad entre quienes no tienen problemas económicos, permitiéndoles liberar parte de su tiempo en favor de otras actividades voluntarias, lo que a su vez implica liberar empleo en favor de quienes lo necesitan.

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28 nov. 2015

Desamparo, sectarismo y guerra

Creo que merece la pena explorar el vínculo entre la marginalidad, el fanatismo y las guerras.

Guerra
Empiezo por el último punto para evitar malentendidos. No creo que el origen de la guerra esté en la pobreza, ni siquiera en el fanatismo de una minoría, sino más bien en la política internacional llevada a cabo por los gobiernos en alianza con las oligarquías que contratan sus programas electorales: una geopolítica basada en el conflicto de intereses que compiten sin límites en su agresividad preventiva en un entorno de recursos escasos, (pues el planeta sí tiene límites).

Cuando esas mismas élites hablan de "errores", como Tony Blair hace bien poco, reconociendo que de aquellos bombardeos deriva el terrorismo de nuestros días, hay que sospechar que prefieren reconocer errores por no reconocer algo peor, como ese interés parcial buscado a despecho de lo que ya se sabía que sería un "fracaso" social. Si no había pruebas de que en Irak había armas de destrucción masiva, (y no podían tener esas pruebas porque, efectivamente, no las había), cabe suponer que mintieron deliberadamente y que actuaron premeditadamente con otro objetivo, como puede ser "desestabilizar" un país o toda una región del planeta, es decir, sembrar en ella la muerte y la destrucción, para hacerla más controlable y tener acceso a sus recursos o a su posición geoestratégica.

Lo llaman realpolitik como si la realidad no mostrara que, una y otra vez, esto es lo que hace fracasar los deseos de convivencia pacífica de la gran mayoría de la población de todo el mundo y de todas las culturas, (aunque las élites sí salgan beneficiadas con ese sacrificio general, y los verdugos hayan salido impunes e incluso se permitan ganar mucho dinero dando conferencias o dirigiendo think-tanks). Lo que se asume como la cruda realidad de la lucha por el interés nacional acaba perjudicando también a las poblaciones de quienes lo buscan con esa crudeza. La comprensión de este efecto evitó la guerra nuclear en el pasado: la conciencia de que llevar la lucha hasta el final acabaría también con quien tirara la primera de esas bombas, fuera quien fuera el "ganador", el que quedase menos destrozado. Esta lógica también puede apreciarse en una escala menor. Sembrar el mal nos obligará a protegernos del mal que crezca.

Un buen ejemplo de esto es la instrumentalización de la disidencia más irracional, como ocurrió con la promoción del fascismo y del nazismo anterior a la IIGM, o como en la Guerra de Afganistán, cuando la CIA creó Al Qaeda a partir de personas fanatizadas, o como en tantos otros casos en los que unas y otras élites arman a facciones ultra-violentas con el fin de ver favorecidos sus intereses comerciales.

Unos días después de la matanza perpetrada en la discoteca Bataclan entre otros lugares de París pudimos leer que EE.UU. y Turquía habían llegado a un acuerdo para sellar la frontera norte de Siria, principal vía de abastecimiento de los yihadistas desde 2011. ¿Por qué no habían hecho esto antes? ¿Qué impedimento había para hacer lo que ahora, casualmente tras los atentados, ya sí es posible? ¿Qué interés había en tener abierta esa frontera? ¿Quién les compra, les vende y les financia? Si la respuesta es conocida ¿por qué no actuar sobre esa causa? ¿A qué guerra nos están llevando realmente?

Llama la atención el seguidismo acrítico de quienes cierran filas ante los llamamientos de nuestros líderes en un gran alarde de ingenuidad. Si ahora no quedara más remedio que defenderse, como mínimo muchos partidos y líderes actuales tendrían que hacer un ejercicio de contrición y pasar al basurero de la historia. Pero como esto no ocurre, hay que suponer que desde el principio se está buscando la "sionización" del mundo: el establecimiento premeditado de un apartheid de miseria y de violencia en una zona del mismo ante cuyas "salpicaduras" reaccionaremos irritados contra la maldad ajena, (reacción que en realidad sirve para disimular el mal creado en nombre de los intereses materiales).

Más al fondo tenemos un problema cultural. Es la medición del interés propio y del interés nacional en base al criterio psicopático del poder y de la riqueza en liza por la supremacía. En algún momento los ciudadanos de todo el mundo tendremos que poner fin a esta tolerancia con el enriquecimiento competitivo y sin límites de naciones y de individuos. El apoyo a esta clase de política no sólo está provocando una nueva deriva bélica mundial sino que desde hace ya décadas está rebasando la biocapacidad del planeta, como si sólo un colapso pudiera detenernos y no fuéramos capaces de prever el rumbo que llevamos. Da la impresión de que estamos gobernados por una panda de lunáticos con el agravante de que aparentan ser personas sensatas velando por nuestros intereses.


Pero esta obsesión competitiva no sería posible sin la explotación inmisericorde de grandes capas de población en todas las latitudes. Su utilidad para estas oligarquías no se limita a bajar los costes de producción sino que sirve, sobre todo, para atemorizar y disciplinar al resto de ciudadanos que pueden verse en cualquier momento en ese foso de precariedad o en el bando de las naciones perdedoras. Así los mismos que instituyen la pobreza y la guerra consiguen el respeto medroso de los que se sienten vulnerables y buscan su protección. Es más fácil seguir las normas y evitar el castigo -pongamos el castigo del BCE, de la OMC o de la OTAN- que intentar cambiar este funcionamiento. Por eso el voto no suele ser coherente con la realidad: los creadores del desastre se benefician del temor en lugar de salir reforzados los partidarios de una justicia económica global opuesta a la indiferencia competitiva. Al igual que se benefician del miedo al terrorista en lugar de hacerlo los contrarios a la geoestrategia maquiavélica. Y de nuevo se benefician del temor al inmigrante, confundiendo víctimas con verdugos, y confundiendo a los verdaderos culpables del caos global con defensores de un mayor orden.

Esta responsabilidad de los poderes económicos y de sus defensores es lo que se debería discutir, el verdadero origen del problema, y no sólo cómo hacemos frente a las incesantes consecuencias. De lo contrario, como se dice en el manifiesto #NoEnNuestroNombre, "ni los recortes de libertades ni los bombardeos nos traerán la seguridad y la paz."

Lo que necesitamos no es ganar en un juego mal planteado, diseñado para que todo gire a favor de las élites de siempre, sino cambiar el tablero de juego. Si la mayoría fuera más consciente de cuál es el verdadero problema, al menos podría expresar su disconformidad mediante el voto hacia otras políticas. Pero, por desgracia, quienes mejor comprenden La doctrina del shock son sus creadores.

Sectarismo
Por esa frontera norte de Siria no sólo pasaban armas, también soldadesca fanatizada para el combate contra el gobierno sirio y, como se ha visto después, contra el resto del mundo. A no pocos occidentales les preocupa que la circulación global de personas impuesta por el modelo actual de relaciones internacionales facilite la llegada a los países opulentos de excombatientes fanatizados, pero lo que debería inquietar a todos es por qué miles de personas nacidas y criadas en Europa deciden abandonar esta joya del neoliberalismo para alistarse con los extremistas totalitarios, (además en contra del criterio de sus propios progenitores, como estamos viendo). Ese es el perfil temido por las fuerzas de seguridad, el del europeo que se va a la guerra y regresa deshumanizado, no el de las familias que sólo aspiran a sobrevivir y que por eso huyen de unos lugares de origen que no querían abandonar.

¿Cómo surge esta fanatización a menudo protagonizada por ciudadanos nacidos en los países opulentos? No hace falta rebuscar mucho. Hace unos meses pudimos leer (en uno de esos medios de comunicación de tirada nacional que no gustan de ser enlazados sin lucro) que unos 2000 marroquíes de barrios empobrecidos y más de 50 españoles se han ido a la yihad. Se entrevistaba a personas de barrios como El Príncipe, en Ceuta, en los que el paro llega al 65% y el  fracaso escolar al 90%. Como en casi todos los lugares, en ese barrio la mayoría sólo quiere un futuro para sus hijos, y está harta de ser estigmatizada, nos contaba una trabajadora social del lugar. Pero algunos se habían vuelto fanáticos y otros simplemente estaban desesperados. Si estás harto de pasar hambre y los reclutadores prometen 3000€ para tu familia, puede que renuncies a tu vida y des prioridad a que tus hijos tengan alguna oportunidad. También veíamos cómo esos captadores se trabajaban a sus candidatos durante meses, generalmente elegidos en los institutos.

En todos los países opulentos pero no por ello carentes de pobreza y marginalidad, opera la misma lógica. Las organizaciones sectarias, (no sólo las yihadistas sino también muchas otras como pueden ser las fascistas o mafiosas), ofrecen un amparo básico, un sentido de pertenencia y una idea de misión en la vida que atraen a muchos excluidos (en un proceso psicológico que se ilustraba, por ejemplo, en la película La ola ). Hay muchas personas que no le ven la gracia a esta especie de fiesta indiferente que gira en torno a las bolsas de valores en sustitución de verdaderos valores. En otros casos se convierten en simples mercenarios.

Desde luego la marginación y la falta de expectativas no implican que necesariamente sus sufridos protagonistas vayan a caer en manos del sectarismo, pero ese es el caldo de cultivo más propicio para que tenga éxito el amparo económico, social y cultural que ofrecen los reclutadores, aportando un sentido a unas vidas que a menudo es más necesario que la propia supervivencia, como demuestran una y otra vez los suicidas de todo tipo. O bien aportando la esperanza de que uno podrá salvar económicamente a sus seres queridos aun renunciando a sí mismo. La marginación siempre ha sido útil para el sectarismo y para el reclutamiento, también el de los propios estados como bien es sabido.



¿Cómo enfocar entonces la solución a este fenómeno? Es muy frecuente la miopía de criticar los males que tenemos delante (robos, extremismo, etc.), atacando sólo el primer eslabón de la cadena que vemos detrás de los mismos, pero como pasa con la guerra, si nos centramos sólo en las consecuencias, no solucionaremos un problema que seguirá creciendo mientras lo combatimos.

Desamparo
En realidad, en contra de lo que solemos creer, no vivimos en una sociedad liberal que tolera la libertad de pensamiento. El neoliberalismo rompe con el liberalismo político original al imponer su propia cultura, sus propios dogmas, las reglas productivistas para un crecimiento competitivo que obligatoriamente debe asimilar todo ciudadano "de bien", da igual que ya se produzca muy por encima de lo que serían necesario para cubrir las necesidades de todos, y muy por encima de lo que sería sostenible. Y para imponer la disciplina productiva instituye el desamparo, la pobreza y la exclusión social, la amenaza de caer en un foso de marginación por si alguien decide no creer en semejante despliegue de tansformación material del mundo. El barrio marginal es una institución creada en la modernidad para cumplir su función aunque no se reconozca oficialmente.

Pero como se deduce de lo anterior, el desamparo que sufre el marginado no es sólo económico sino también social y cultural. La represión económica innecesaria con la que se "estimula" a los disidentes o perdedores implica además culpabilización y exclusión cultural, condenando a muchas personas a un inquietante vacío en la posible búsqueda de sentido para sus vidas. En general nuestra cultura adolece de esa preocupación por la dignidad y por la integración cultural de todos sus miembros.

La integración cultural siempre se dio en las poblaciones ancestrales entre las que se conformó nuestra naturaleza. En ellas lo raro era el desarraigo que hoy en día es moneda común. Pero la nueva integración no tendría por qué entenderse como una vuelta a sociedades cerradas. Vivir en una sociedad abierta y valorarlo no deja de ser algo que se aprende, que se adquiere culturalmente. Eso sí, requiere invertir en las personas y en velar por su entorno, (por oposición a la complacencia con la existencia de grandes barriadas de marginalidad, miseria y abandono por parte de las instituciones). Y no se trata de imitar los métodos de adoctrinamiento de las sectas, pero sí podemos observar cuáles son las carencias de nuestra cultura de las que se aprovecha con éxito el pensamiento sectario y tratar de dar cobertura a las mismas. La libertad miserable que nos da el liberalismo económico puede ser experimentada por las personas excluidas y desamparadas como un sufrimiento a evitar, como algo a temer -aquello que enseñaba Fromm-, y en esas condiciones pueden sentirse tentadas por planteamientos totalitarios, (no sólo por la llamada del deber de los ejércitos patrios), sobre todo cuando los reclutadores sí ponen medios y organización.

No se debe entender esto como una necesidad de que se nos pastoree culturalmente, (cosa que, como he dicho, ya se intenta). Más bien al contrario, necesitamos que a todos se nos facilite tomar partido, cada uno con su punto de vista, y tener presencia política; que se nos permita definir unos valores realmente entre todos, (no sólo eligiendo opciones); unos valores en los que poder creer por encima de la competitividad materialista, que puedan ser compartidos también por quienes no salen ganando en el juego del mercado-estado-oligarquía; y poder vivir de acuerdo con ellos, con aspiraciones al margen del mero triunfo. 

La verdadera libertad no puede depender de haber podido cumplir con el dogma productivista para subsistir. Además de una suficiencia económica básica, son necesarias formas de integración que no dependan del dinero y del consumo; formas de participación que permitan a las personas sentirse protagonistas de su destino y parte digna de su sociedad con independencia de su estatus económico, en lugar de sentirse despojos sólo porque el mercado no necesite de ellos. Permitir y proteger la iniciativa social, política y cultural, equivale a permitir y proteger la dignidad necesaria para sentirse integrado. Con ello podría emerger una nueva cultura compartida que haga frente a los verdaderos problemas de nuestro tiempo desde una conciencia y una deliberación colectivas. En lugar de sembrar odio y recelo, invirtamos en las personas y sembremos confianza. En lugar de buscar el mayor aprovechamiento patrio, busquemos que todas las poblaciones del mundo puedan vivir con autonomía. Recogeremos mejores frutos.

Uno de los supervivientes de la discoteca Bataclan contaba que los terroristas le pidieron que quemara un fajo de billetes de 50€ para poner a prueba su apego al dinero. Está claro que para ellos ni el dinero ni el éxito económico era lo más importante. Los apóstoles del homo económicus, al hablar de estos sujetos, sólo tienen una respuesta desconcertada en todas las tertulias: están locos y se han creído lo del paraíso. Pero antes de ser extremistas sobrevenidos eran personas que se sentían atrapadas en el basurero de un juego que no habían elegido, (uno de esos juegos en los que a los eliminados prematuros sólo les queda mirar con tedio cómo juegan los demás), cosa que no justifica actos violentos pero que ofrece pistas sobre qué está fallando y qué se puede hacer. Además, con independencia de cuál sea la reacción de cada cual, no son los únicos que se han podido sentir así. La cuestión es por qué muchas personas que no pueden acceder a la prosperidad o que no pueden creer en el dogma del dinero y en el paraíso consumista que este promete tampoco son capaces de verle otro sentido a nuestra cultura.

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A continuación un excelente programa del Colectivo Burbuja que puede servir para aclarar algunas dudas importantes: