1 mar. 2015

La naturaleza de la actividad voluntaria - (1/6) El crecimiento y los valores

La Edad Moderna trajo consigo la glorificación teórica del trabajo, cuya consecuencia ha sido la transformación de toda la sociedad en una sociedad de trabajo. Por lo tanto, la realización del deseo [de liberarse del trabajo], al igual que sucede en los cuentos de hadas, llega en un momento en que sólo puede ser contraproducente. Puesto que se trata de una sociedad de trabajadores que está a punto de ser liberada de las trabas del trabajo, y dicha sociedad desconoce esas otras actividades más elevadas y significativas por cuyas causas merecería ganarse esa libertad.
Hannah Arendt en el prólogo de La condición humana, (1958)


Cuando Simon Kuznets creó el PIB, el índice de referencia para valorar el desempeño económico de las naciones, ya dijo que se trataba de una herramienta para medir la producción, no el bienestar. Al preparar una guerra o tras un desastre natural el PIB aumenta por la inversión necesaria para superar ambas situaciones sin que nadie en su sano juicio pueda ver alguna de esas calamidades como algo deseable. Al ser ejemplos extremos, muestran con claridad que el objetivo de aumentar la actividad económica es algo distinto del progreso social, el bienestar o el bienvivir. Y siendo procesos distintos, pueden chocar entre sí: tratar de maximizar el PIB puede provocar desastres sociales y ambientales.

La contabilidad nacional, centrada en el PIB y limitada a lo que este indicador puede medir, no refleja el balance final entre lo producido y lo perdido (que no son sólo bienes contabilizables) mostrando con ello una engañosa bonanza en el suma y sigue. La destrucción de capital natural se contabiliza como algo bueno en la medida en que implica movimiento de rentas: su venta suma sin descontar ningún valor por el patrimonio natural perdido. Y siguiendo esta lógica, no es raro que la desigualdad y todos sus males asociados acaben pareciendo algo deseable para la economía convencional en tanto exigen una continua actividad de compensación. La propia exclusión social, como un terremoto constante pero elegido políticamente, crea la necesidad y la oportunidad de alimentar un continuo crecimiento económico. Es decir, el crecimiento del PIB no sólo puede resultar antieconómico (algo que se aprecia al incluir las externalidades de la producción en la valoración cuantitativa) sino que su propio desarrollo puede implicar un gran malestar o malvivir.


Para la política del crecimiento carece de valor lo que no puede medir el PIB, (como el imponderable valor de la biodiversidad), y también lo que no es cuantificable, como el valor de la actividad humana no laboral. Esta deficiente formulación actúa como si no existiera ese valor o como si fuera secundario. El concepto de valor queda así degradado, limitado al ámbito de los bienes y servicios con los que se puede comerciar, y dentro de estos a los que tienen un ‘valor de merado’ actual. Lo demás no cuenta o incluso se fuerza su introducción en un sistema de precios sin estimar la destrucción o el sufrimiento que esto implique. Así el propio tiempo, la vida de las personas, se ve absorbido por esta forma de intentar darle valor. Se tiende a pensar que la actividad humana voluntaria debe quedar relegada al tiempo libre que deje la producción máxima posible en cada momento.

¿Pero qué pasa si los valores a los que responde esa actividad voluntaria en realidad son superiores a la mayoría de lo que tiene valor comercial? ¿No tendríamos que tener en cuenta cómo se ven influidos estos valores por la gestión económica? Si tratamos de maximizar la producción y la comercialización, es decir, el trabajo remunerado, quizá lo hagamos a costa de la adecuada educación para los hijos, descuidando la necesaria presencia de los padres. O quizá lo hagamos sacrificando el aprendizaje y la reflexión sobre qué necesitamos realmente; o descuidando la información y la participación política que nos permitiría controlar democráticamente toda esta peligrosa mega-máquina de producción. Puede ocurrir, y de hecho suele ocurrir, que para producir y vender algo superfluo se abandone lo fundamental. Pero no solo lo básico sale perjudicado. También restamos posibilidades a la expresión de las mejores posibilidades del ser humano y de la sociedad.

Porque de lo que se trata siempre es de vivir. Comprendo que esa pretensión inquiete a los mercaderes, que compran el trabajo y venden el vivir.
José Luis Sampedro. De cómo dejé de ser Homo Oeconomicus




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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Demasiado y durante demasiado tiempo, parecía que habíamos cambiado la excelencia personal y los valores de la comunidad por la mera acumulación de cosas materiales. Nuestro producto nacional bruto, ahora, es mayor de $800 millardos de dólares al año, pero ese producto nacional bruto —si juzgamos a Estados Unidos por ello— ese producto nacional bruto cuenta la contaminación del aire y la publicidad de los cigarrillos, y las ambulancias que borran la carnicería de nuestras carreteras. Cuenta las cerraduras especiales para nuestras puertas y las cárceles para las personas que las rompen. Cuenta la destrucción de la secuoya y la pérdida de nuestra maravilla natural en la expansión caótica. Cuenta el napalm y cuenta las ojivas nucleares y los coches blindados de la policía para luchar contra los disturbios en nuestras ciudades. Cuenta el rifle de Whitman y el cuchillo de Speck, y los programas de televisión que glorifican la violencia con el fin de vender juguetes a nuestros hijos. A pesar de ello, el producto nacional bruto no permite medir la salud de nuestros hijos, la calidad de su educación o la alegría de su juego. No incluye la belleza de nuestra poesía o la fortaleza de nuestros matrimonios, la inteligencia de nuestro debate público o la integridad de nuestros funcionarios públicos. Tampoco mide ni nuestra inteligencia ni nuestro valor, ni nuestra sabiduría ni nuestro aprendizaje, ni nuestra compasión ni nuestra devoción a nuestro país, en definitiva mide todo, salvo lo que hace que la vida valga la pena.

R.Kennedy

Ecora ecorablog dijo...

Gracias por la aportación.