30 ene. 2013

Energía crítica

Energía inhumana

Nuestro futuro se ve amenazado por la disminución de recursos energéticos de origen fósil y a la vez por las consecuencias de su uso. Pero no hace falta pensar en el futuro para creer que es necesario un cambio enorme en el modelo económico. El trato que damos a la naturaleza ya es un desastre en la actualidad. Ya han ocurrido grandes cambios y se han producido daños irreversibles y desalentadores. En los momentos de mayor abundancia de recursos, el crecimiento económico se ha apoyado en un modo de vida desequilibrado. Además del deterioro ambiental, nunca ha dejado de existir exclusión social y una extensa explotación humana también en los países consumidores.

El peor derrame de petróleo de la década en Nigeria
Disponer de energía barata y abundante no lleva necesariamente a un mundo sano y equilibrado. La abundancia de petróleo barato no ha servido para eliminar la pobreza. Hay países que viven en colapso permanente, y algunos precisamente por disponer de recursos fósiles atrayendo a los depredadores económicos. Para estas poblaciones la crisis energética quizá sea una oportunidad de librarse de la llamada maldición de los recursos, es decir, 
la maldición de la política colonialista y de las grandes corporaciones extractoras. 

Junto a la disponibilidad del recurso hay que valorar el modo de utilizarlo y de distribuirlo. Ninguna escasez tendría por qué ser traumática si las élites enriquecidas de todo el mundo no obstaculizaran el cambio de modelo energético, o si las mayorías de los países consumidores se sumaran a las minorías que exigen ese cambio junto a otra política económica más equitativa. También hay que tener en cuenta la producción de bienes básicos que se contiene y los recursos productivos que se retienen para mantener o para elevar los precios, supeditando con ello la producción necesaria a la especulación y al enriquecimiento de quienes ya no tienen necesidades sin cubrir.

En realidad podría ocurrir que el mayor problema de la crisis energética fuera precisamente su lentitud a la hora de hacerse evidente para la sociedad mientras la industria la va disimulando con parches cada vez más sucios, por muy vertiginosamente que esté ocurriendo a escala geológica; o el hecho de que no cese la explotación de los recursos fósiles restantes aunque sólo los utilizara una clase privilegiada entre el colapso económico de los demás. Aún queda demasiada porquería fósil enterrada, y verterla a la biosfera hasta agotarla agudizaría el desastre. ¿Qué sería peor, una crisis energética como la que se prevé o el hallazgo de otra cantidad ingente de petróleo cuyo uso calentara y contaminara más la biosfera? Si ambas opciones son malas, esto significa que el problema no es tanto la cantidad de recursos fósiles disponibles como el modelo económico que los gestiona, que depende de ellos y que necesita un crecimiento continuo del empleo de energía.

Incluso una -hipotética y lejana- sobreabundancia de energía renovable a nuestra disposición podría suponer un desastre ambiental por muy limpia que fuera si sirviese al mismo modelo económico. ¿Para qué va a ser utilizada? ¿Dónde pondremos el límite en el uso de la misma? ¿Cuanta transformación -y mero calor- puede aguantar el equilibrio del ecosistema actual, (un equilibrio conformado mediante cambios mucho más lentos y graduales)? Quizá haya que buscar esa energía, pero antes urge entender las implicaciones del mero hecho de utilizar energía, aprender a valorarla, asimilar que lo importante no es maximizar su cantidad sino utilizar la adecuada, so pena de caer en la misma paradoja de la guerra fría: la potencia de las armas también afectaría definitivamente al mundo de quien iniciara la contienda. De igual modo, las armas de la lucha por la abundancia pueden arruinar a quien las emplea trayendo una nueva escasez, tanto por la degradación de este suelo como por la respuesta automática del clima global.

Fukushima debería considerarse el Hiroshima del crecimiento competitivo, (no sólo el principio del fin de la energía sucia), por haber demostrado que toda economía en competencia, apremiada por el riesgo de quedar “atrasada”, conlleva una ofuscación irresponsable, una enajenación que no puede ser contrarrestada por los estados cuando estos a su vez compiten entre sí como una empresa más en el mercado, presionados por este. Todo queda en manos del mercado, pero el mercado, que vive de los deseos individuales y de su fomento, no puede atender el resultado conjunto. Más bien al revés, una miríada de intereses privados maximizará el empleo de la rueda inconsciente que da beneficios, y se opondrá a cualquier freno de la misma. La posibilidad de una suficiencia compartida es una amenaza para la generación de beneficios que deciden el éxito, el poder y la relevancia.

Hoy día urge apostar por “armas” energéticas menos lesivas, especialmente si pueden aplicarse al margen del oligopolio energético. Mientras no llegue un gran encarecimiento del petróleo y con este el encarecimiento de todo, hay una ventana de oportunidad para extender las energías renovables, y hay que apoyar esto... siempre y cuando no nos engañemos pensando que esa es La Solución y que no es necesario cambiar además el sistema económico basado en la extorsión para forzarnos a una creciente transformación material de todo. Sin ese cambio, incluso las renovables sólo servirán para alimentar más a la misma bestia insaciable, que bien podría arrasar el mundo “limpiamente” (por ejemplo destrozando bellas cumbres para colocar aerogeneradores o, con el tiempo, utilizando esa energía para seguir cementando el mundo y depredando bosques primarios). Por tanto el verdadero problema está en el modo de elegir y de utilizar la energía, en el modelo económico que la gestiona y en los valores a los que sirve el diseño de este.

Lo más importante del futuro cercano no es que debamos prescindir de gran parte de los productos y medios que utilizamos ahora por la escasez de recursos energéticos. Lo dramático sería que esa minoración de recursos se organizara de un modo desigual, competitivo, excluyente, mediante el mismo sistema degradante que nos ha traído hasta aquí, en base a una comprensión artificialmente simplificada de lo que somos las personas y de lo que puede ser la sociedad. Estamos alienados por una tiranía cuantitativa en detrimento de la realidad intangible que nos hace humanos. Por todo ello es importante anticipar el cambio de valores necesario para traer un nuevo modelo de sociedad, no sólo ante la posibilidad de una depresión económica, sino por el bien del equilibrio ecológico del que dependemos, por nuestra propia salud y en favor de nuestra madurez psicológica.

A algunas personas les puede parecer que un modelo económico menos productivista y menos consumista sería tan triste como una posguerra. Pero esta forma gris de verlo es propia del niño abandonado entre caprichos que piensa que el mundo sería insoportable sin su colección de juguetes cuando en realidad está viendo frustradas sus relaciones y su creatividad. Por el contrario otras personas acaban descubriendo por diversos azares de la vida, que pueden vivir mejor con menos bienes y servicios pero con más tiempo libre y con menos presiones comerciales, siempre que tengan lo suficiente para una vida digna. En ausencia de los juegos del lucro y el consumo, la sociedad entera puede centrarse en una maduración de sus posibilidades.

Pero para que pueda darse esa “vida digna”, tan importante como poner restricciones al crecimiento es la inclusión económica y, más allá de esta, la ampliación de posibilidades de la parte empobrecida o excluida de la sociedad. No como asistencia puntual en una época de crisis sino una inclusión sistemática, sostenida por la estructura misma del modelo, como derecho inalienable al que debe adaptarse el resto del sistema, como realimentación económica que, más allá de la igualdad de oportunidades, facilite la participación y la aportación creativa de todos.

Necesitamos promover un modelo económico y social resiliente, que mantenga la equidad y el equilibrio ecológico con independencia del nivel de recursos disponibles y del grado de crecimiento de cada época, adaptable a estas variables circunstanciales mediante una redistribución siempre suficiente para todos, una redistribución que haga innecesaria esta locura productiva para emplearnos y que, por contra, nos otorgue más tiempo para nosotros mismos.

A fecha de hoy no tenemos un problema de escasez sino un problema de sobreabundancia mal repartida y peor producida. La explotación de la naturaleza es consecuencia de la explotación humana, (en parte consagrada por la misma población que la sufre). En las últimas décadas la desigualdad y la gestión elitista han ido tan lejos que hay mucho margen para redistribuir la riqueza y los recursos productivos a la par que se reduce el derroche global y el tiempo dedicado a ese trabajo de depredación y consumo. Pero este cambio sólo puede ser efectivo si se lleva a cabo de modo que nos vincule a todos.

Energía política

Frente a quien se centra en prever su situación personal para el caso de que llegue un colapso económico, hay que poner en valor las alternativas que tratan de promover una transformación social que lo prevea y lo supere.

Tenemos varias vías para intentar esa superación. En primer lugar la puesta en práctica de soluciones autogestionadas y locales pero cooperativas que tienen la virtud de demostrar la viabilidad de otra forma de hacer las cosas. Pero más allá de estas iniciativas de autogestión colectiva, el marasmo económico, social y ecológico en el que estamos inmersos requiere incluir una dimensión política en las propuestas de futuro. Lo contrario puede crear la falsa expectativa de una salvación personal pero es difícil que motive un cambio general. Por ello también es necesaria alguna forma de activismo político, promover un cambio ideológico e institucional que incluya salvar el ecosistema global y un modelo equitativo de sociedad; un activismo que además de estudiar y comunicar las alternativas, dialogue precisamente con la parte de la población ajena a estos planteamientos.

Ambas cosas, desligarse del sistema predominante como cada cual pueda y promover un cambio político, no sólo son compatibles sino indisociables. Porque ¿acaso los problemas ecológicos pueden tener solución sin el concurso de todos o de al menos una mayoría suficiente para aprobar medidas vinculantes? ¿Y acaso no es fundamental luchar por una transformación política que acabe con la exclusión social y con la explotación colonialista, más allá de resolver mis conflictos (o los de mi minoría) con este sistema explotador y alienante además de insostenible? Hay que tener en cuenta que la intención de generalizar un modo de vida alternativo se enfrenta a la misma limitación que impide llevar al porder una política diferente: la falta de apoyo de la mayoría de la población. Sin este apoyo no habrá una verdadera salida. Del otro lado, sin un compromiso práctico que abra camino, será difícil convencer a la mayoría de las posibilidades alternativas. Y es en esa convicción social donde se decidirá el futuro.

Las claves para una solución razonable de los problemas energéticos y ecológicos presentes son conocidas y han sido repetidas en infinidad de foros, (además de un enorme corolario de implicaciones derivadas de estos principios):
Pero como la propia idea de sostenibilidad, estos principios nunca llegan a hacerse efectivos ni puede apostarse por ellos decididamente porque luchan contra una corriente más fuerte, determinada por el cauce, por el sistema legal establecido desde la política, un sistema que ha decidido supeditarse a la globalización de sólo el comercio y los movimientos de capital admitiendo la competencia de costes laborales, fiscales y ambientales por encima de los gobiernos. De hecho la competencia entre estados es uno de los grandes condicionantes que, como una alienación mercantil de lo común, impide la racionalidad de lo público.

La política actual nos deja en manos de un entorno económico cada vez más inseguro actuando como chantaje que amplifica los desequilibrios del mercado. Se busca una competitividad nacional basada en la explotación y en la dependencia de trabajos banales que hace imposible la aplicación vinculante de esas claves necesarias. Porque es muy difícil negar algo a los mercaderes que controlan el trabajo cuando el trabajo es la única vía admitida para salir de la miseria, aunque lo controlen de un modo injusto e insostenible, irresponsable, sin visión de sociedad, considerándolo un coste a minimizar al servicio de una producción excesiva y devastadora pero rentable. Eso explica que las soluciones conocidas nunca levanten el vuelo a pesar de ser conceptos fáciles de comprender.

¿Será que los directores de los oligopolios energéticos y el resto de multinacionales desprecian a la humanidad y a la biosfera que la sustenta? Sin descartar esta posibilidad, más bien deberíamos centrarnos en el sistema que permite o fomenta esta actitud. El objetivo prioritario de las corporaciones lo establecen sus estatutos: maximizar el beneficio. Cualquier otra consideración (ecológica, política o social) queda supeditada a ese fin. Es el funcionamiento inherente al mercado libre y a la lucha privada por controlarlo. Ningún directivo puede sustraerse al mismo si quiere mantener el cargo, o dicho de otra manera, sólo serán promovidos quienes demuestren “creer” en la empresa, quienes sean “capaces” de dejar lo demás en un segundo plano. Y, como una herramienta de gestión más, saben que es rentable invertir en cabildeo y en manipulación informativa para impedir una política responsable que pueda menoscabar el beneficio.

Si no se ve afectada la fe de la mayoría en el sistema general, si no se produce un cambio político que anule el condicionamiento social que se nos impone contra las soluciones, estas no podrán ser aplicadas. Sin cambiar la política concebida para la explotación, esta presión hacia una conducta economicista, este cauce normativo que se sirve de la exclusión social y favorece a élites insaciables, no podrá resolverse tampoco la crisis ecológica. En concreto es preciso
  • eliminar todos los oligopolios y toda concentración de capital que se superpongan al poder político ciudadano,
  • equiparar los costes laborales, fiscales y ambientales en el ámbito de libre comercio en el que actúen las empresas,
  • revertir el predominio de la economía financiera sobre la productiva y el de esta sobre la equidad,
  • instaurar la garantía de unos derechos sociales incondicionales,
  • y compartir el trabajo necesario en cada coyuntura

Por difícil que suene, es necesario situar la nueva frontera para poder avanzar hacia ella. En algún momento la mayoría desengañada tratará de buscar la verdad al margen de los canales habituales. Porque el sufrimiento, por grande que sea, no será el final de la historia. Entonces serán importantes las alternativas, tanto las prácticas que puedan superar la situación, como las teóricas que hayan construido un relato más realista y útil con el que afrontar el cambio. En algunos contextos las minorías se vuelven decisivas. Ya ha ocurrido otras veces. Anticiparse puede llegar a ser esencial para que el autoritarismo no ocupe el vacío que va a dejar el fracaso de la actual política.

El ejemplo más claro de cambio sistémico es la irrupción del comunismo a principios del siglo pasado: con independencia de cómo valoremos lo que ocurrió, el hecho cierto es que una propuesta política que convenció a la población cambió el sistema y la evolución prevista. Tambien el Keynesianismo cambió el modelo económico y la vida de las personas, (aunque ahora tendría más sentido cumplir con lo que el propio Keynes esperaba para nuestra época). El fascismo es otro caso de respuesta política que cambió las cosas y que, por desgracia, puede volver a hacerlo. De hecho las guerras son reacciones políticas, y ante ellas no se permite declararse objetor (salvo a la élite de siempre). No es realista pensar que si llega una situación de colapso social uno va a poder mantener sus opciones individuales, y probablemente tampoco serían tolerados colectivos minoritarios que actuaran al margen. Es decir, una adaptación política, un cambio cultural y normativo, tendría (o tendrá) más fuerza que la acumulación de salvaguardas personales. La duda es si será una respuesta política democrática o si será dictatorial, si será inclusiva o si será excluyente.

Energía cultural

Para apostar por una política saludable, adaptada a las condiciones sociales y ecológicas necesarias para un buen futuro, será de utilidad recuperar el pensamiento utópico, ideas que puedan ser inspiradoras además de pasar la criba de todos los errores históricos a evitar. Necesitamos un cambio en la cultura económica asimilada de forma preconsciente por la sociedad. Y necesitamos nuevas formas de comprender el vínculo social que, yendo más allá de lo local, a la vez lo hagan más cercano, inclusivo y controlable que los caducos estados nacionales. Podemos partir de una idea de procomún que alcance lo global, (el ámbito sin fronteras del que en última instancia depende la biosfera compartida y afectada por todos). Y podemos adoptar una forma reticular de compartir la información y la gobernanza democrática. Sin una participación real en las decisiones que lleve a hacerse las preguntas necesarias, es difícil comprender la responsabilidad política individual.

Recogida de FIRMAS contra la megaminería en Galicia
En la gestión económica no todo son datos y cálculos, también hay valores en juego, y de hecho estos son los que determinan el cauce principal de la misma. Por ejemplo, ningún cálculo determina que la competitividad nacional a corto plazo deba ponerse por delante del medio ambiente y de la equidad. Es una opinión. Y habrá que opinar, porque los datos no van a elegir por nosotros ni se tienen en cuenta todos los datos: siempre se omite el (imposible) coste de recuperar lo irrecuperable. El modelo económico es siempre un subsistema de la cultura. A través de la política, la cultura establece el marco posible para la economía. Quienes tomamos conciencia de esto debemos intentar que la red no termine en uno, hackear la hegemonía cultural imperante y promover su destitución en favor de un verdadero consenso cultural, uno donde todo el mundo participe activamente. Y entenderlo como método permanente, provisionalmente decidido, como proceso surgido de un verdadero “ecosistema” cultural.

La cultura es un sistema dinámico fruto de la interacción de los seres vivos que somos. En ese sentido podemos hablar de ecosistema cultural cuando todos participamos activamente en la formación de la misma, en oposición al modelo de medios de masas donde el mensaje es controlado por una minoría y el consenso resulta ser el fruto de esa manipulación, donde no se expresa la capacidad cultural de todos los organismos. Este tipo de cultura nos infantiliza, nos reprime psicológica e intelectualmente, y fomenta una atonía cultural irresponsable, dócil, sin capacidad crítica y alejada de cualquier idea de sistema adaptativo; nos hace vulnerables.

Energía ética


Si hay algo que necesita ser desmercantilizado antes que nada eso es el pensamiento. Tenemos demasiados intelectuales, periodistas o expertos dependientes del mercado. Todo el mundo debe venderse a quien pueda condicionar su actividad con una mayor remuneración para tener éxito, como si “éxito” fuera sinónimo de “verdad”. Es difícil confiar en la independencia del pensamiento comercial, y este es el tipo de pensamiento predominante cuando es el mercado el que domina la producción cultural o cuando los propios estados actúan como agentes de un mercado. Sin esta independencia, no se puede avanzar hacia soluciones reales. Más que nunca necesitamos disidentes, en todas las profesiones y a todos los niveles, aunque sólo fuera para que cuenten los conflictos de intereses a los que les ha sometido la lógica del mercado; personas dispuestas a superar dicho conflicto para promover -abierta o anónimamente- una sociedad menos manipulable. En el fondo, la necesidad de autoafirmación ética es el verdadero dilema o la verdadera carencia de nuestra sociedad.

La expresión conectada con las inquietudes y los motivos propios ha pasado a ser un lujo, y el compromiso personal con unas ideas, la capacidad de renunciar a algo en favor de las mismas, parece un anacronismo decadente o una actitud marginal. El mismo concepto de “renuncia” se asimila al de “fracaso”; renunciar a ganar más equivale a reconocerse “perdedor”. Y por extensión, renunciar al crecimiento económico general (aun cuando este es dañino o en las formas en que lo es), no puede verse sino como una derrota. Esto supone abandonarnos a la lógica de un programa de rentabilidad, un virus lógico de incierto destino.

Cualquier persona de más de tres años sabe que, en general, en todos los órdenes de la vida, es necesario renunciar a algunas cosas para no tener que renunciar a lo más importante. Pero en nuestro modelo de sociedad todo el mundo se ve presionado para renunciar a sí mismo en favor de una inflación materialista insostenible, innecesaria, sólo accesible a una minoría y que esclaviza a los demás. En lugar de ello, todos, (minoría y mayoría), podemos comprender que el horizonte de una vida más satisfactoria está en otro lugar, en nosotros mismos, en el crecimiento personal, en el conocimiento libre, motivado, en las pasiones personales, y en una sociedad basada en la asertividad del pensamiento libre sobre el determinismo del lucro.

Para que el mundo evolucione a nuestro favor, tendremos que recuperar la ética, nuestro verdadero interés, y a través de la política, poner la economía al servicio de la salud social, siendo capaces de renunciar a las engañosas posibilidades de la economía inconsciente, basada en el empeño del futuro, precisamente para no renunciar a nosotros mismos. Necesitamos aprender a respetar el entorno natural y el bien común como forma tácita de respetarse a uno mismo, dependiente de ese entorno y de la sociedad. Y cuando el exceso de producción se está convirtiendo en un mal sistémico, será lógico abandonar el sádico recelo hacia la falta de ambición económica de quien quiere más tiempo libre, y en cambio adoptar una confianza social que permita esta democracia económica sin exclusión.

La destrucción de la naturaleza no se detendrá si no logramos deshacernos del condicionamiento social que nos empuja hacia un exceso de trabajo irresponsable. ¿Pero acaso esta liberación no es deseable también por sí misma? Se trataría de promover una sociedad en la que cada uno pueda elegir su propio compromiso personal pero ahora no para fines espurios como los que impone el mercado laboral, (no para ser utilizado sin criterio propio o con el criterio único de la rentabilidad), sino para capacitarse libremente, para desarrollar un sentido crítico compartido, para ampliar las posibilidades propias eligiendo uno mismo su orientación en base a lo que cada cual valore. Necesitamos menos presión hacia una insostenible búsqueda de riqueza, más tiempo libre y más inteligencia colectiva.

Si queremos controlar nuestro empleo de energía -ese caballo desbocado a punto de tirarnos al suelo- previamente debemos superar nuestros miedos y cambiar nuestros mitos, reajustar nuestra interpretación de la realidad y de nosotros mismos de modo que no nos pongamos límites artificiales ni dejemos de ver los límites reales que no estamos respetando. Y el primer paso es dejar de considerarnos trabajadores, una mera aplicación utilizando energía, para valorarnos como personas creadoras de su propio sentido individual y colectivo.





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